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lunes, 27 de junio de 2011

Parados pacientes

A los bomberos parados. A los astronautas parados. A los melancólicos parados. A los detectives privados parados. A los plusmarquistas de la distancia corta parados. A los fabuladores parados. A los premeditados parados. A los trastornados parados. A los mediohombres parados. A los pacifistas parados. A los perroflautas parados. A los patanes parados. A los hombres de espíritu parados. A los desordenados parados. A los políticos parados. A los fanáticos parados. A los parados parados.

A los madrugadores parados. A los luchadores parados. A los ganadores parados. A los patriotas parados. A los veinteañeros parados. A los cincuentones parados. A los unamunianos parados. A los juanjosés millás parados. A los liberales parados. A los rostritorcidos parados. A los tunantes parados. A los divorciados parados. A los autoestopistas parados. A los mutilados parados. A los corazones cicatrizados parados. A los casi cinco millones de españoles parados.

Paciencia. Pero no dejen de impacientarse todos los días, porque el hombre en busca de trabajo adopta una pose más digna que tomando güisquis o bailando jotas. Porque la estética del trabajo es más merecedora que la del juego o el ocio. Porque uno es más listo cuando trabaja que cuando hace que trabaja.

Y porque es posible que suceda algo cuando uno lo espera con mucha impaciencia.

domingo, 5 de junio de 2011

El juego del gallina

Estos días la prensa viene cargada de noticias sobre el desordenado proceso de negociación colectiva que se viene ventilando en España a través de la mesa de negociación a la que concurren, por un lado, los trabajadores, representados a través de los sindicatos, y por otro lado, las empresas, a través de sus representantes patronales. Arbitra el partido un gobierno español sin presente y sin destino.

Aunque no lo parezca, se intenta llegar a pactos que mejoren las condiciones laborales aplicables a la generalidad de los trabajadores. Que falta hace.

El principal objetivo de la reforma es debilitar los caducos macro convenios sectoriales actuales, a cambio de fortalecer micro convenios de empresa, más cercanos a los problemas que se susciten en cada organización, dotándoles así de mayor flexibilidad. En definitiva, se trata de acercar la potestad en la toma de decisiones a sus principales afectados.

Vaya por delante que, caso de aprobarse la pretendida reforma, el nuevo esquema no garantiza la reproducción del empleo por esporas, pero sí traslada la aprobación de las reglas del juego a los principales sufridores del problema, circunstancia que parece razonable.

Para que no le confundan con inútiles destellos de esperanza, les adelanto que toda negociación colectiva que aspire a la conservación real de puestos de trabajo, necesariamente ha de conducir a un único callejón sin salida, es decir, al recorte de las condiciones laborales de los trabajadores; es decir otra vez, a trabajar más y a cobrar menos.

El problema fundamental, a mi juicio, es que, o no nos quieren explicar el juego bien, o a nosotros no nos da la gana de enterarnos. Porque los hay que siguen pensando que la tarea principal de las empresas es generar empleo, como si fuera una especie de maná social decretado. Como si alguien arriesgara su dinero, su esfuerzo y su talento, en beneficio de otros que no quisieron hacerlo.

Y los equivocados no son sólo los indignados de la plataforma del 15 M; el error conceptual es general.

Porque el único cometido que da sentido a una empresa, mercantil, es organizar sus factores productivos lo mejor posible para producir bienes y servicios, por los que los consumidores estén dispuestos a pagar un precio lo suficientemente elevado como para hacer rentable esa organización. Intente montar una empresa y verá cómo estamos de acuerdo.

Y si felizmente la empresa consigue su objetivo, entonces además podrá remunerar a los factores implicados, es decir, a sus trabajadores, compensándoles el tiempo que dedican a producir esos bienes o servicios, en vez de estar de acampada 'real' en la Puerta del Sol.

Por eso, para que las empresas puedan sobrevivir, y sus trabajadores puedan trabajar, es necesario amoldarse a las peliagudas condiciones del mercado. Y no hay otra, por mucho que nos indignemos colectivamente.

Y sólo alguien que no se juegue un puesto de trabajo en el envite, como los representantes sindicales, o el Gobierno, pueden tomarse la reforma de la negociación colectiva como si fuera ‘el juego del gallina’, ya sabe, ése en el que se conduce un vehículo en sentido contrario y el primero que se desvía de la trayectoria del choque pierde y es humillado por comportarse como un gallina.

Y en esas estamos, con unos sindicatos y un Gobierno enzarzados en una escalada en la que no tienen nada que ganar, y en la que sólo el orgullo evita que se echen atrás.

martes, 14 de septiembre de 2010

La formación, el trabajo y el paro

A veces pienso que no merece la pena volver a caer como rapiñas sobre las reflexiones que hace en voz alta el Presidente del Gobierno español. Aunque sean irreflexivas. Aunque a muchos nos sonrojen. Aunque a muchos nos de vergüenza propia…... Pues yo vuelvo a caer una y otra vez en su trampa.

La última ya la conocerán: ‘Hemos descubierto con la crisis –dijo en la inauguración de La Conferencia sobre el Empleo de Oslo-, que una persona, cuando está formándose, está trabajando, trabajando para un país’.

Y, por lo tanto, queremos entender -aunque no lo entendamos-, que los parados inmersos en cursillos de formación, no son tales, sino simples asalariados públicos al servicio del PIB español. Funcionarios improductivos del hoy, sin oficio, pero trabajadores de un mañana más formado.

La tragedia que vive España, en forma y número de parados, no tiene parangón en el resto del planeta. No hay analogía posible con ningún otro país del mundo. Por eso ya no pedimos culpables. No pedimos soluciones milagrosas. No pedimos, si quiera, elecciones generales. Ni siquiera anhelamos convertirnos en liberados sindicales o subsidiados eternos. Pedimos, al menos, respeto al drama nacional.

Y también respeto al sacrificio que supone el proceso de formación intelectual. De nuestra educación. De nuestra etapa de preescolar, de educación primaria y educación secundaria; de formación profesional o de formación universitaria, media o superior.

Pedimos respeto a las renuncias que supone cualquier proceso de formación de los individuos, ese periodo en el que se desarrollan nuestras habilidades y nuestras competencias básicas de cara al futuro.

Un futuro en el que hemos de seguir formándonos, por supuesto, pero siendo conscientes que, mientras se es estudiante, mientras invertimos dinero y tiempo en cualquier proceso formativo, no somos más que cargas: Para nuestros padres; para el Estado; para las empresas; para la familia, ó para uno mismo.

Y sólo al llevar a la práctica lo que se intentó aprender, desarrollando una labor, un empleo, un oficio, remunerado a ser posible, cuya finalidad sea producir algún bien o prestar algún servicio, se transforma, el uno en trabajador, y lo otro en trabajo.

Es la causa y el efecto. El antes y el después. El pre y el post. El prólogo y el epílogo. Y ni tanto monta, ni monta tanto.

Será que el Presidente, de tanto hacer trampas con el numerador de la tasa de paro, restando del mismo a los desempleados que acuden a cursos de formación, se ha acabado de confundir.

martes, 7 de septiembre de 2010

Absentismo vocacional

Pongámonos por un momento al otro lado. En la acera del empresario. Del patrón. Del emprendedor. Sí, ya sé que es un traje que nos viene incómodo. Ya sé que nosotros no somos tan desalmados como ellos. Que nosotros no somos tan sanguinarios. Que lo haríamos de otra forma. Más humana.

Además, lo nuestro con el trabajo es profesionalidad intachable, actitud heroica y compromiso castrense con la función que desempeñamos. Ya sé que nuestra hoja de servicio es irreprochable e inmaculada. Y que nunca dejaríamos de acudir a solventar la faena diaria si no sobreviniera una fuerza mayor. Es sólo una figuración teórica para poder seguir con el artículo.

Ocurre que hay profesionales del absentismo. Del abandono regular del puesto de trabajo. Peritos de la imaginaria enfermedad común. Diestros calculadores de la incapacidad laboral transitoria. Seguro que conoce a más de uno. A esos me refiero; nunca a nosotros.

Pues resulta que, para el empresario -y para las arcas de la Seguridad Social-, este absentismo voluntario no es un pecado venial. Es un delito de difícil prevención. De muy difícil detección. Es un problema, en ocasiones mortal, que acaba con las empresas como el descabello en la lidia, y que esquilma el trabajo de unos, cotizantes obligados, hacia el bolsillo de otros, absentistas deliberados.

El coste directo para el empresario se soporta por anticipado. Como un seguro. Se paga por si acaso. A través de las costosas cotizaciones a la Seguridad Social.

Una vez se produce la baja transitoria, el rebajado de servicio se convierte en funcionario temporal, apareciendo el pagador Estado. La prestación pública que cobra el ausentado absentista se corresponde con el 75% de su base reguladora los primeros 3 días de su baja. Durante los días 4 al 20 la prestación se reduce al 60% de la misma base. Hay trabajadores que se saben esto al dedillo. Y lo gestionan.

Pero el perjuicio para el empresario no termina cuando empieza la baja, pues habrá de acometer nuevas contrataciones ‘necesarias’ para cubrir las temporalmente destruidas. Y habrá de asumir, sobre todo, el perjuicio empresarial provocado por el trabajo demorado, por el proyecto inacabado, por el pedido mal atendido.

Y no menciono, a más a más, los múltiples Convenios Colectivos que establecen condiciones en el sentido de que al trabajador, durante el período de baja por enfermedad, la empresa debe completarle la prestación económica de la Seguridad Social hasta alcanzar el importe del 100% del salario. Taza y media de incentivo.

Todo ello, bien sumado, y seguramente mal promediado, asciende a una cuenta cercana a los 2.200 euros de coste para el empleador español por cada ocupado.

No sé cómo lo verá usted. Como no le habré convencido de algo que usted no quisiera, ni era mi intención, volvamos ahora a ver la vida laboral tras las gafas del empleado por cuenta ajena.

Los hay que se pondrán enfermos de uno a tres días, porque no se precisa baja médica hasta el cuarto día. Los hay que arremeterán contra las empresas y se tomarán la justicia por su mano y, de paso, un permiso ilegalmente remunerado. Los hay que seguirán pensando que, como lo que es de todos no es de nadie, para que se lo lleve otro, me lo llevo yo.

Y también los hay que cuando llega una recesión y ven sus puestos de trabajo en peligro, recobran la salud de hierro.

martes, 31 de agosto de 2010

Piedra, papel, TIJERA

Es como un juego macabro de niños. Primero se tira la piedra. Luego se pasa a borrador de papel. Y, definitivamente, se saca la tijera. Necesidad obliga, incapacidades manifiestas aparte.

Y es que no hay para más. Se pongan como se pongan. Por eso le llega el turno del recorte a las prestaciones públicas por desempleo (que suman ya más de 30.000 millones al año en España).

¿Qué le parece injusto? No lo crean. No es más que cuarto y mitad de escabroso que el recorte a los funcionarios, que la congelación a los pensionistas, que la guillotina a la obra pública, o que el abaratamiento del despido. Somos más pobres que antes, y cuanto antes lo entendamos, antes acabará el teatro del manirroto bienestar.

Y eso que ya hace más de doscientos años, Frédéric Bastiat, el genial escritor, legislador y economista, argumentaba que la gente ya se estaba empezando a dar cuenta de que el Estado era demasiado costoso. Lo que aún no terminaban de comprender entonces, ni ahora, es que el peso de ese coste recae sobre nosotros mismos. Pues la letra con sangre entra. Tanto más cuanto mayor es la letra pequeña que esconde el bien común.

Una vez asumido el golpe, pongámonos ahora a debatir si el tijeretazo que se está rumiando es el adecuado en términos económicos. Porque en lo que todos estaremos de acuerdo es que, si vamos a dejar de pagar una parte del seguro de desempleo, intentemos que el castigo sea pedagógico. En definitiva; que sirva de revulsivo para que algunos parados dejen de serlo.

Lo cierto es que actualmente un desempleado con derecho a subsidio percibe el 70% de su base reguladora durante los primeros 6 meses, y el 60% hasta el final de la prestación. Para fijar el periodo con derecho a desempleo se aplica una escala: cuatro meses por año cotizado, y hasta dos años de paro si se han cotizado seis.

Hasta donde hemos podido leer, el Gobierno pretende reducir estos porcentajes hasta el 60% y 50%, respectivamente, así como aumentar los periodos de cotización obligatorios para tener derecho a iguales periodos de prestaciones que los actuales. Algo parecido a los que se viene barajando para la reforma del sistema de pensiones. Es el mismo perro con distinto collar.

Lo comenta hoy Fernando Fernández en su columna del ABC: El camino que pretende andar el Gobierno es justo lo contrario de lo que se debería hacer. O así pensamos algunos.

Porque la lógica, y algunos manuales de economía, te explican que lo adecuado al acometer una reforma o rebaja en el gasto por desempleo es redistribuir las pagas al desempleado, incrementándolas los primeros meses para amortiguar el impacto inicial y para que no caiga el consumo, pero haciendo que la prestación caiga drásticamente a partir de una determinada fecha.

Como he comentado, el objetivo de este sistema es que la reducción del paro tenga un componente ‘educativo’. De esta forma el trabajador inactivo se verá empujado a aceptar nuevos empleos, sin duda asumiendo rebajas salariales, pero la reducción progresiva de su asignación por desempleo impedirá el acomodo del parado al subsidio y, sobre todo, ayudará a que sus cualificaciones profesionales no queden irreversiblemente obsoletas.

lunes, 23 de agosto de 2010

Salario mínimo

Desde las antípodas geográficas del planeta nos llegó este concepto allá por el siglo XIX. Y, desde entonces, dos grandes bandos separan a los hombres de los dos hemisferios. Por un lado, los sindicatos, que hacen de la elevación sistemática del salario mínimo una de sus demandas históricas. Por otro lado, los economistas más liberales, que interpretan que es el mercado el que debe fijar este umbral.

Antes de opinar y decantarnos entre malos y buenos hagamos una reflexión previa. Para ello les pido se olviden por un momento de lo ideal, lo quimérico, lo utópico, y centremos nuestro debate sobre lo real, sobre el arte de lo posible. Lo estrictamente viable.

Quiero con ello decir que todos estaremos de acuerdo en desear que los salarios de los trabajadores sean lo más altos posibles. Punto ganador pues para los sindicatos. En mi caso, me gustaría incluso que la preceptiva paga extra consistiera en la entrega a cada trabajador de un yate de no menos de 3 metros de eslora. Y, además, sin derecho a ser rechazado ni canjeado por regalo equivalente.

Lo malo es que lo ideal suele ser enemigo de lo posible; además, las opiniones acerca de los salarios se formulan con tal apasionamiento que, en la mayoría de las discusiones, se olvidan los más elementales principios.

Actualmente el salario mínimo interprofesional en España asciende a 633,3 euros al mes (738,5 euros mensuales con dos pagas extras prorrateadas). Para fijarlo, el Gobierno, previa consulta con asociaciones de sindicatos y empresarios, considera distintas variables de mercado, entre ellas el IPC y la productividad media nacional.

Pues bien. Pensemos qué ocurriría si, por ejemplo, el BOE estableciera la prohibición de pagar a los trabajadores de una industria X un salario mensual inferior a 1.500 euros. Este triunfo sindical traería varias consecuencias, no todas tan alegres como parece a simple vista, y que trataré de explicar.

Primero. Ningún trabajador de este sector cuyo trabajo no se valore, al menos, en esa cifra, volverá a encontrar empleo. No existe empresario en su sano juicio que contrate a un trabajador que le haga incurrir en pérdidas de manera recurrente. Antes se cierra el quiosco, se invierte en Letras del Tesoro y a otra cosa. En definitiva, habremos privado a un trabajador del derecho a ganar lo que su capacidad y empleo le permiten. En dos palabras, se sustituye salario bajo por desempleo.

Segundo. Cierto es que las empresas podrían elevar el precio de sus artículos para compensar el sobre coste ‘legal’ y, de esta forma, serían los consumidores quienes soportaran el incremento. En este caso, la reacción lógica de los consumidores sería buscar productos alternativos o comprar menos cantidad de aquéllos. ¿La consecuencia? Menor producción para las empresas afectadas y el consiguiente paro. El mismo final con distinto argumento.

Seguro que los lectores más bondadosos me replicarán que si nuestra industria X sólo puede sobrevivir a base de ‘explotar’ vilmente a sus trabajadores pagando salarios ínfimos e inmorales, justo es que desaparezca por completo. Sin ánimo de parecer un desalmado, me parece también justo comentar algunas de las consecuencias que el cierre de nuestra industria X traería consigo.

Por un lado, los consumidores serían privados definitivamente del consumo de estos artículos. Por otro lado, los trabajadores de esa industria quedan condenados al paro en su totalidad y se verán obligados a aceptar empleos alternativos, quizá de peores condiciones a los que por fuerza ‘legal’ abandonan. Además, y por último, esta demanda en masa de nuevos trabajos hará descender todavía más los salarios de los empleos alternativos que les sean ofrecidos, por aquello de la oferta y la demanda.

En definitiva, y promesas electorales aparte -del orden de 800 euros de salario mínimo-, y aunque es cierto que hay que tener utopías para vivir la vida, de vez en cuando no viene mal poner su contador a cero.

Este artículo está basado en la lectura del libro, ‘La economía en una lección’, del genial filósofo, economista y periodista norteamericano Henry Hazlitt, gran divulgador de la escuela austriaca de economía.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Los parados están también quietos

Es sólo un juego de palabras para desengrasarme tras la feliz vuelta al trabajo y para volver a hablar de lo cotidiano. Pero el titular tiene marea de fondo, porque alguno de los más de 4,6 millones de españoles parados se molestará y me dirá que me vuelva por donde vine, que me guarde las gracias donde me quepan y que muy bajo he caído si además se me ocurre hablar del síndrome postvacacional. Por eso pongo el cartel de no molestar y vayan mis disculpas por anticipado.

Pero es que desgraciadamente hay ‘otros’ desempleados que ya se han cansado de moverse y se han quedado quietos. Y han dejado de asistir cada día a la oficina de empleo de su barrio para pescar alguna oferta. Y han dejado de mandar currículos. Y han dejado de creer en reformas laborales. Y en sindicatos. Y en empresarios. Y en bancos. Y hasta en lo más sagrado.

Y a tanto llega su desesperación que prefieren un mal subsidio de desempleo a un mal trabajo. Prefieren 426 euros al mes de regalo (este importe se cobra una vez agotado el derecho a la prestación contributiva por desempleo), más unas chapuzas sumergidas por aquí y otras por allá, a frecuentar la cola del paro.

Y por eso rechazan ofertas de trabajo que ‘no son de los suyo’. Y yo entiendo el fondo moral de la cuestión pero, con el bolsillo colectivo agujereado, la única patria admisible es la del esfuerzo individual. Por eso alguien debería explicarles a los socorridos desocupados que un trabajo ‘que no es de lo suyo’ es mejor que un subsidio público ‘que sale de lo nuestro’.

Es un simple recuento de solidaridad porque el perverso Estado del Bienestar no da para más, y las ayudas al desempleado (que ya suman más de 30.000 millones de euros al año) sólo deberían llegar a aquéllos que buscaran empleo intensamente las 24 horas del día. Para aquéllos que estuvieran dispuestos a trabajar, aunque fuera de primera figura de cabaré. O de suplente temporal del reponedor de supermercado. O de profesor que enseña a hacer las oes con un canuto.

De otra forma estas prestaciones, y los posteriores subsidios regalados, no son más que un fraude de unos a otros. Y es cierto que la legislación española ya establece que los beneficiarios de las prestaciones por desempleo están obligados a buscar ‘activamente’ un empleo, pero algo no funciona correctamente cuando en 2009 sólo 1.450 personas sufrieron la retirada de su prestación como castigo a su pasividad.

El problema principal es la falta de trabajo, cierto, pero el sistema de incentivos a la sopa boba debe endurecerse y, de paso, habría que tener más pudor con el deporte del despilfarro y de regalar lo ajeno. Por el bien de todos.

sábado, 5 de junio de 2010

Modelo laboral austriaco

No cabe duda que la escuela económica austriaca, o escuela de Viena, es cuna y referencia del pensamiento económico basado en el respeto al individuo y a su esfuerzo, como contrapunto de las teorías marxistas y keynesianas.

Además, Austria es uno de los países más prósperos y desarrollados de nuestro entrono. Al menos justo hasta el momento de pulsar el botón de ‘publicar’ en el blog. No está el horno para aseveraciones planetarias.

Durante estos días se habla incesantemente del modelo de mercado laboral austriaco, como espejo de nuestros deseos para acometer una más que obligada reforma laboral ‘a la española’. Ya sabe, la que llega tarde, se hará rápido y, posiblemente, acabe mal.

Pero no nos confundamos. Nada o poco tienen que ver los grandes economistas austriacos del siglo pasado con el modelo laboral de este país, puesto en marcha hace menos de diez años, y cuyos frutos no son del todo evidentes. Lo diré de otra forma, si para usted el modelo austriaco es el modelo y soy yo quien no alcanza a verlo nítidamente, mucho me temo que lo imposible será importar sus mágicos logros a nuestro país.

A grandes rasgos. El sistema de protección laboral austriaco propone ir creando, en épocas de normalidad, un fondo que se nutra con aportaciones periódicas empresariales, para utilizarlo en el caso de que la empresa necesitara prescindir de sus trabajadores, de manera que las indemnizaciones por despido que le correspondiera asumir, se satisficieran con cargo al fondo. En definitiva, lo que se quiere es ir devengando poco a poco el coste laboral de las indemnizaciones futuras. En Austria supone el 1,53% del salario bruto del trabajador.

A mí esto me suena huida hacia delante. Me suena a no querer acometer la reforma verdadera. La que debe recortar seriamente las indemnizaciones por despido. Recortar, abaratar o redefinirlas con el eufemismo que más le guste. ¿Sabe por qué? Pues porque suponen un coste laboral para el empresario imposible de sostener. Y ya sabe adónde iremos a parar sin proyectos empresariales. Sólo por esta razón de peso bastaría. Por la misma razón que el Gobierno ha eliminado el cheque bebé. O por la misma razón que se han bajado los sueldos de los funcionarios. Porque no se pueden pagar.

Pero es que además el trabajador ve en la indemnización por despido un derecho adquirido, un consuelo de listos, un seguro que le reportará una importante cantidad de dinero si las cosas van mal, lo cual se convierte precisamente en un incentivo para no querer cambiar de trabajo. Es decir, provoca rigidez, lo contrario de lo que se persigue, que es un mercado ágil, la llave maestra para que se creen empleos.

A usted le habrán dolido estas afirmaciones, seguramente porque se ha visto retratado en ellas, pero sólo trato de explicar que la indemnización por despido no es, o no debería ser, algo parecido a un fondo de pensiones de empleo o a un premio al que más aguante encima de la cuerda floja, sino simplemente una ayuda económica transitoria en caso de despido, un simple puente incentivador hasta que se encuentre un nuevo trabajo.

El sálvese quien pueda no funciona cuando el avión está a punto de estrellarse, y menos aún, hacer oídos sordos a las penas.

martes, 23 de febrero de 2010

Desorden sindical

Uno no sabe por qué acaba pensando de una determinada manera, en una dirección concreta, y no al contrario. Seguramente para las mentes vulgares, como la mía, tenga mucho que ver el azar y la fuerza de la corriente. En el caso de los genios no ocurre así, y las más de las veces prorrumpen desde situaciones abiertamente hostiles.

También es cierto que los pensamientos de las personas evolucionan a lo largo de su vida, y no siempre en línea recta. Yo soy de los que suscribe ese viejo dicho que afirma que cualquiera que no sea socialista antes de los treinta no tiene corazón; y cualquiera que siga siendo socialista después de los treinta es que no tiene cabeza.

Y, aunque no me crean, digo esto desde el respeto a los avatares apasionados de la juventud, y con la resignación que glosa la razonable experiencia por carecer de otra virtud que no sea el mero paso del tiempo.

Quizá por todo eso esté en contra de la actitud reinante en los sindicatos españoles. O quizá sea sólo porque me han hecho tragarme hoy un atasco antológico por culpa de la manifestación trampa diseñada para colapsar el centro de la capital de España.

No voy a decir que por poco nos hacen creer que saltaban a la calle para defender a la clase obrera, porque no me creería nadie, pero me alegro que haya sido el Presidente del Gobierno quien haya dejado claro que los sindicatos tienen todo el derecho constitucional del mundo a manifestarse; con eso ha sobrado para deducir que se trata de una pantomima conjunta más, y que, en el fondo del fondo, a todos les importa más bien poco el futuro de sus representados.

Pero, ¿de verdad los sindicatos no valen para nada? No. Bueno, ahora no. Claro está que se trata de asociaciones voluntarias y, seguramente, podrían rendir importantes servicios a la comunidad. Por ejemplo, podrían participar en el proceso de elección entre incrementos salariales u otros beneficios, que podemos denominar genéricamente sociales, aunque yo huya deliberadamente casi siempre del término ‘social’.

También podrían intervenir en ayuda de la justicia en la estructura salarial en el seno de una organización. De hecho no hay nada más doloroso para un trabajador que la desigualdad económica antes los que él considera sus iguales.

Sin olvidar una de sus funciones principales, la de proveer asistencia mutualista a los trabajadores, de acuerdo a los riesgos en los que incurran en el desempeño de sus actividades.

Sin embargo, su finalidad primordial en estos momentos es la de intentar forzar el alza ininterrumpida de los salarios mediante coacción, aniquilando al mercado e impidiendo actuar a la competencia como elemento regulador en la asignación de recursos.

¿La consecuencia? Descensos en la productividad general de las empresas; por consiguiente, descensos en la remuneración del conjunto de los trabajadores y, sobre todo, paro, cuantioso y doloroso paro.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Efecto desánimo

No se trata de un complejo de inferioridad, aunque es verdad que te puedes sentir un tipo de menor valía que los demás. También brota de forma instintiva, y también suele desembocar en un ser abatido al que le cuesta conseguir sus objetivos. La principal consecuencia, a mi juicio, es que consigue convertirte en un experto fugitivo de tus problemas.

¿Y por qué me doy un banquete filosófico en plena sección de economía? Pues porque mucho de lo que pasa en nuestras vidas económicas, aunque no lo sepamos ver, lleva camuflada una consecuencia, y no siempre es razonable.

Lo que yo intento comentar, y que tanto me está costando por incrustarle tanta retórica, no es razonable. Al menos deberíamos intentar que la razón no tuviera razón esta vez. Me quiero referir al efecto desánimo que provoca la penosa situación del desempleo; sí, ya saben, esa nueva ocupación que está tan de moda en España.

Pues bien; si de cada cien personas en condiciones de trabajar, veinte no lo pudieran conseguir, la impasible estadística nos dice que nuestra tasa de paro alcanza el 20%. ¿y si, por ejemplo, tan sólo un miembro de nuestra hipotética clase trabajadora se nos desanimara porque creyera que no puede encontrar un trabajo razonable en un plazo de tiempo prudente? Pues va la estadística y nos dice que nuestra tasa de paro se ha reducido al 19,19%. Dividan si no me creen.

No seré yo quien les intente desanimar activamente, pero como se suele decir, no hay mal que por bien no venga. Espero que las dos clases que le susurraron al oído de toda España al Presidente del Gobierno no fueran tan poco elegantes como es ésta.

Por el contrario, lo cierto es que el miedo al efecto desánimo parece que está cundiendo en el ánimo de la clase trabajadora. Las cifras nos dicen que el absentismo laboral se ha reducido por el miedo a perder el trabajo; ahora los catarros han de ser muy virulentos para causarnos una baja por enfermedad, e incluso las horas extraordinarias ya no se ven como un atropello a la conciliación de la vida personal y la familiar, sino como algo diferente que yo no me atrevo a valorar por el toque de burla sangrienta que conlleva.

martes, 16 de febrero de 2010

Bonus malos

La palabra bonus no aparece en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Tampoco en el Panhispánico de dudas. Pues empezamos bien.

Para entendernos, aunque creo que nos entendemos perfectamente todos cuando hablamos de bonus; me refiero a la retribución salarial variable de un trabajador, es decir, aquella que se pacta no por unidad de tiempo, sino por unidad de obra o nivel de ventas conseguido.

Pues está en tela de juicio, sobre todo la de los malignos banqueros. Ya lo sabrán. Y no me extraña que se abra el debate, aunque me da la impresión que se va a cerrar de mala manera, con serios efectos secundarios. Y tampoco me extraña; los bonus son un tema demasiado serio como para dejarlo en manos de una pandilla de mediocres políticos.

Entiendo que el tema abra heridas en el trabajador con nómina ‘fija’. Pero es que una cosa es la envidia que sintamos y otra muy distinta el funcionamiento de la economía en general, y del mercado de trabajo en particular. Me explico.

La que expongo a continuación es una teoría de mitad del XIX, pero que me parece tan fresca y atinada como cuando fue enunciada. Los salarios dependen fundamentalmente de la oferta y la demanda de trabajo, es decir, el trabajo es una mercancía como cualquier otra, sujeta a las fuerzas del mercado, y que se ofrece y se adquiere en un mercado llamado 'laboral'. La oferta la constituyen el número de trabajadores en condiciones de trabajar, en tanto que la demanda la formulan los dueños del capital.

Los salarios variables se pactan entre los trabajadores y sus empresarios, en beneficio de ambos y de manera libre. Es lo que tienen las empresas privadas, que son de sus dueños, y por eso las opiniones rasgadas de los que vemos los toros desde la barrera no son más que nobles virtudes de quienes no tienen otras. En este campo, entiéndanme.

Y si intentamos limitar los bonus legalmente, el variable pasará a cobrarse en fijo y asunto resuelto. O peor aún, el talento directivo pasará del sector financiero al de las telecos o al eléctrico en un abrir y cerrar de ojos.

Distinto debate es el que se pregunta si deben cobrar bonus los directivos de entidades que han sido rescatadas por el Estado. El que se pregunta si hay alguna correlación entre la reciente crisis sistémica financiera y la codicia de los banqueros. El que se pregunta si deben existir límites a las retribuciones variables, o ajustar éstas al riesgo asumido por el directivo. O el que se pregunta si debe diferirse el cobro de parte de la retribución variable.

Estas si son discusiones atractivas y que vienen a cuento, pero que deberían ventilarse lejos de los bienintencionados buenismos políticos, lejos del populismo sindical y siempre con celestial respeto a la inmaculada frontera que separa el bien público del privado.

¡Vaya!, qué místico me he puesto al final.

domingo, 6 de septiembre de 2009

El PER

Este artículo puede que contenga algún juego de palabras, pero si alguien tiene el atrevimiento de leer de vez en cuando este blog, seguro que sabrá adivinar por dónde quiere discurrir mi reflexión de hoy.

Sólo puntualizar por adelantado que lo que conocemos familiarmente con las siglas PER (plan de empleo rural) cambió su nombre ya en 1996, y desde entonces se llama AEPSA (acuerdo económico para la protección social agraria). El mismo perro con distinto collar.

El PER es un subsidio agrario creado durante el mandato de Felipe González, y aplicado a la zonas rurales de Andalucía y Extremadura.

Los requisitos para tener derecho al cobro son, a grandes rasgos, ser jornalero o trabajador agrario sin tierras en propiedad, y justificar un número mínimo de 35 peonadas (me encanta esta palabra) trabajadas al año -pongamos que equivalgan a dos meses de trabajo de los urbanitas, sin entrar a valorar la penosidad de cada empleo-.

Cumplidos éstos el subsidio actual da derecho a cobrar 6 mensualidades, cuyo importe depende de la cuantía del salario mínimo interprofesional vigente en cada momento, 640 euros en 2009, y del número de peonadas realizadas; así, se cobra el 75% del interprofesional si se han trabajado el mínimo de 35 peonadas, y hasta el 100% si se han cotizado al menos 180 jornadas.

Actualmente son 158.458 personas –dato de junio de 2009- las beneficiarias del ‘paro agrario’, 137.092 de Andalucía y 21.456 de Extremadura. En total cada mes nos cuesta casi 70 millones de euros a las arcas de la Seguridad Social, el 2,6% del total de las prestaciones por desempleo.

Su existencia se justifica socialmente porque las faenas del campo sufren fuerte estacionalidad, concentrándose en determinados periodos y quedando largas temporadas en las que el campo no da ocupación alguna. También se arguyen razones de precariedad laboral rural de sobra conocidas, y razones históricas por no haber destinado fondos para acometer una profunda reconversión agraria del mismo calado que la del sector industrial –minería, siderurgia y metalurgia- .

No voy a caer en la tentación de comentar que con menos de 500 euros al mes es muy difícil vivir y cubrir dignamente las necesidades más esenciales, y menos aún si el perceptor tiene familia a cargo. Ése es un debate que comprende las dificultades de la propia existencia y de la jungla que guía el bonito reto que supone vivir.

Tampoco voy a hablar del innegable fraude en el cobro del subsidio. Entiendo la sabiduría aldeana -de jornaleros y empresarios- empleada para que luzcan tramposamente como trabajadas las 35 peonadas exigidas. También entiendo la connivencia de los alcaldes sensibles a esta delicada realidad, convertidos en grandes empleadores todopoderosos.

Mucho menos me voy a hacer eco de que no puedan acogerse a esta prestación los trabajadores de las mismas características que las señaladas, que vivan en municipios de Comunidades no Andaluzas o Extremeñas. Léase Murcia o Castilla la Mancha, por citar ejemplos fáciles de enfrentar.

Tampoco quiero mencionar que, en la práctica, el subsidio agrario funciona como un programa de lucha contra la pobreza, en lugar de como un programa de cobertura por desempleo, que es, a mi juicio, lo que debería ser.

Mucha gente, desconocedora de la realidad rural agraria, como yo mismo, seguro que ha osado tachar en ocasones a los jornaleros que sobreviven con el subsidio como vagos, además de acusar al partido socialista de abonar su campo electoral año tras año.

Pero antes de ponerme a criticar un sistema de subsidios permanente como el PER, en el que la racionalidad del gasto es irracional –y no por su cuantía-, en el que después de 30 años seguimos sin querer atacar el problema real del sector agrario andaluz y extremeño y que, en consecuencia, mantiene a los trabajadores agrarios apoltronados y pasando las horas muertas jugando al dominó, sin incentivos serios de reciclaje hacia sectores con mayor demanda de empleo, prefiero aguantarme las ganas y dejar velando las pinturas de guerra a la espera que algún otro tema me inspire algo más que éste.

martes, 23 de junio de 2009

Opinión, criterio y gobierno.

Para la Real Academia Española de la Lengua una opinión es un dictamen o un juicio que se forma de algo cuestionable.

Opinar podemos intentarlo todos, que para eso es gratis y la RAE no hace distinción para su ejercicio en atención a la raza, sexo o la religión del atrevido opinador. Pero estaremos razonablemente de acuerdo en que una cosa es tener opinión, y otra muy distinta tener criterio sobre determinado asunto.

Por ejemplo, sobre la célebre reforma del mercado de trabajo español hay opiniones que merece la pena escuchar; una ronda estos días el espacio económico común; es la del presidente del Banco Central Europeo, señor Trichet, que reclama para España una reforma laboral en serio y sin más dilación.

La opinión de Trichet es cualificada, es externa e independiente, y no arriesga su puesto de trabajo al expresarse. En razón de su cargo se presume que es una persona bien informada, que conoce en profundidad la dispar regulación sobre la materia en el seno de la Unión Europea, y que es consciente de las negativas repercusiones por las que caminará España si nos obcecamos en continuar con nuestro actual sistema de contratación, negociación y excesiva protección laboral.

La opinión de Trichet no es la única en este sentido; antes se pronunciaron en parecidos términos el Gobernador del Banco de España, el FMI, la OCDE, el comisario Joaquín Almunia…… el problema está ya suficientemente diagnosticado.

Hoy mismo el Presidente del Gobierno, acorralado entre tanta opinión de expertos y la espada de los sindicatos, como una pelota contra la pared ha manifestado que una cosa es opinar y otra gobernar. Bienvenidos a la arena política; no siempre lo necesario es compatible con la tarea de gobierno, entendida esta última como el fin último a perpetuar.

Parece ser que el 31 de julio es la fecha tope en la que el Gobierno, Patronal y Sindicatos esperan llegar a un acuerdo, tras más de un año de diálogo estéril, para tratar de introducir mejoras en el funcionamiento del mercado laboral. Desgraciadamente ya se sabe que ninguna de las necesarias transformaciones que necesitamos se van a acometer.

La fórmula perfecta para convertir un problema en una catástrofe es ignorarlo; el único alivio es que las pompas fúnebres son las únicas que están sorteando la crisis de empleo que nos azota; esperemos que llegado el día lo sigan haciendo; hasta el momento seguiremos opinando al tuntún y enarcando las cejas esperando pacientemente que las cosas empeoren.

Por cierto, esta noche de San Juan es la noche más larga del año para algunos; aunque para otros técnicos es la más corta. Cuestión de opiniones, ¿no?

lunes, 15 de junio de 2009

Puntos de vista

Me preguntaba pacíficamente la otra tarde un ex amigo sobre si yo consideraba más atinado, dada su situación de parado experto, cortarse las venas o colocarse en una cola del paro del INEM. ¡Hombre, difícil me lo pones!, pero antes de tomar una decisión tan drástica y encaminarse a una oficina de empleo público, siempre es mejor dejarse las venas crecer bravamente.

Además, yo soy sólo un observador sin ánimo de lucro, sumergido también en un bar de dudas y que, al hablar de estos temas, muchos consideran que tengo la gracia donde las avispas. El problema, mi problema, es que a veces me da por escribir lo que pienso, y otras prefiero dispararme un tiro en el pie para ver si duele tanto como dicen.

Antes de seguir engordando el blog con palabras sin fondo, me dan ganas de hablar de la respuesta realizada por cerca de 600 intelectuales de izquierdas al manifiesto de Los Cien del que yo hablaba hace unos días, más próximo éste al pensamiento de la patronal de empresarios.

He de reconocer que, a priori, el debate me gusta. Para empezar, seiscientos es seis veces cien, por lo que a poco que aporten en el campo ideológico, pensaba yo, malo será que no se decante la partida de su lado, aunque sólo sea como suma de cantidad.

El contramanifiesto lo promueve la 'Fundación Primero de Mayo', toda una declaración sindicalista de intenciones. Antes de entrar en harina y plantear soluciones, en su exposición de motivos se ocupan de buscar culpables, y desde allí se apunta al mundo financiero y a las autoridades económicas que nos han traído hasta aquí por su codicia e ineptitud; balones fuera y vía láctea propagandística de siempre.

¿Sus soluciones? Cojan papel y lápiz, y un pañuelo para secarse las lágrimas de la emoción. De primero me faciliten más créditos a las empresas y las familias. De segundo me amplíen el seguro de desempleo a los trabajadores, tanto la cuantía como el tiempo de la prestación. Y de tercero, más gasto público, que para eso somos muy listos y sabemos cómo, dónde y cuándo gastar el dinero que nos cedéis tan amablemente.

Ay, disculpen, me dejé su postre. Póngame una de cambio de modelo productivo nacional para llevar, que de camino a casa pienso innovar y generar valor añadido.

En fin, imagino que si usted es socialdemócrata seguirá a pie juntillas estas propuestas, aunque no las entienda, y si usted en antisocialista supongo que será porque entiende que esto es mitad disparate, cuarto y mitad de demagogia, y engañabobos el resto.

Mi querido ex amigo, como no puedo borrarme de la cara esta estúpida sonrisa, si sigues ahí, mi consejo para que vuelvas a ser mi amigo feliz de siempre es que te unas como liberado sindical a esta novedosa propuesta intelectual, para que las indecentes políticas de la derecha no caigan sobre ti y los tuyos, y puedas recibir tu sueldo nescafé directamente del bolsillo de los cuatro memos a los que aún les da por trabajar.

martes, 9 de junio de 2009

Ojo al dato

Quién no recuerda a SúperGarcía enfundarse su capa al filo de la medianoche y repetirse una y otra vez hasta la saciedad con esta coletilla que le hizo famoso; eran buenos tiempos para los jóvenes que le escuchábamos cada noche, y que le imitábamos repitiéndonos casi tanto como él. Recuerdo que finalmente sus peroratas cuasipolíticas le hicieron sucumbir después de varias décadas en lo más alto.

Pues estos días hemos conocido un dato, el del paro registrado en las oficinas del INEM durante el mes de mayo en España; en total, 24.471 personas menos. Evidentemente esto no es un espejismo, repito, es un dato real, y si no que se lo digan a los desempleados que han dejado de serlo en este periodo.

Pero antes de entrar a echarle un ojo y valorarlo, me apunto a los que piden un poco de respeto a la maquinaria del INEM, que viene funcionando con normalidad durante muchas legislaturas bajo el gobierno de distintos bandos. Hago este inciso porque de nada vale tildar de manipulador estadístico al Gobierno reinante sin presentar prueba alguna, y deja de lado lo realmente importante, que no es otra cosa que el análisis y la reflexión sobre lo que el ojo no ve.

La erosión del Gobierno se deja patente una vez más al interpretar como el principio del fin de la crisis una estadística parcial como ésta, sin duda con un fin claramente electoral; sin embargo, con ocasión de las elecciones al parlamento europeo, la realidad ha pesado algo más que el maquillaje.

Para poder atisbar los famosos brotes verdes del equipo económico del Gobierno, la cifra del paro publicada habría que depurarla de efectos aleatorios y estacionales; y dando un paso más, donde de verdad pasará su reválida es en la futura certificación de la EPA (Encuesta de Población Activa), estadística homologada con los países de nuestro entorno que permite una comparación más fiable entre ocupados y parados.

Es cierto que históricamente el paro estimado por la EPA y el registrado en los servicios públicos de empleo ha diferido de forma notable, debido a discrepancias básicamente metodológicas; la EPA es una encuesta del INE realizada a un censo de personas en edad de trabajar, mientras que el paro registrado es una estadística del INEM, confeccionada a partir del registro de demandantes de empleo en los registros públicos.

La población parada que calcula la EPA es más certera, pues comprende a las personas de 16 a 74 años que no están ocupadas, que están dispuestas a trabajar y que buscan activamente un empleo, mientras que el paro registrado por el INEM incorpora únicamente a las personas inscritas en las oficinas públicas de empleo. No hace falta abundar mucho más para que quede claro que no todos los parados que buscan empleo lo hacen a través de las oficinas públicas.

Pero si nos queremos ceñir únicamente al dato publicado por el INEM correspondiente al mes de mayo, debemos separar el grano de la paja y depurar el efecto estacional de la serie; en este caso, la pérdida mensual de empleos alcanza las 88.000 personas, cifra que en ningún caso puede calificarse como positiva. Es verdad que es un dato parecido al de mayo de 2008, y algo mejor que los meses precedentes de 2009 pero, desgraciadamente, la tierra verde prometida aún queda lejos, y a la EPA pongo por testigo.

jueves, 4 de junio de 2009

Las propuestas del grupo de los Cien

Podían haber sido 200, ó sólo 50, pero han sido 100; un centenar de economistas de universidades españolas y extranjeras, entre los que se encuentra el actual Secretario de Estado de Economía ó el Presidente de la CNMV, han propuesto una reforma del mercado laboral cuya medida estelar consiste en la creación de un único contrato indefinido, en el que las indemnizaciones por despido sean progresivas y las coberturas por desempleo decrecientes, y con ello se incentive al parado a la búsqueda activa de empleo y se pongo coto al reparto de raciones ingentes de sopa boba.

Se pretende acabar con la absurda dualidad de nuestro mercado laboral, en el que conviven desairadamente la sobreprotección del trabajador con contrato indefinido, y la infraprotección para el contratado temporal; la consecuencia de este sistema es que, a la hora de crear nuevos empleo, el empresario opta forzosamente por realizar contrataciones que no lastren administrativamente la supervivencia de su negocio.

Para este nuevo contrato proponen indemnizaciones por despido que aumentarían desde los 10 días por año trabajado, hasta cerca de los 36 días por año de servicio en un período laboral de diez años.

Nuestro mercado laboral actual constituye un problema, hasta ahí estaremos todos de acuerdo; sin embargo, los hay que siguen pensando que el trabajador es la parte esencial del proceso productivo, y no entienden que si los costes salariales aumentan sin un incremento paralelo de la productividad, el empresario tenderá a utilizarlos menos, a cerrar determinadas líneas de su negocio, o a echar la persiana de su negocio definitivamente; es decir, quienes acaban sufriendo las consecuencias de las ansias de dignidad social son aquéllos a los que supuestamente se quiere beneficiar.

Los Cien también proponen modernizar el sistema de negociación colectiva, para que los acuerdos laborales que se alcancen entre empresarios y trabajadores puedan prevalecer sobre los convenios de ámbito superior; es un sinsentido que, en el ámbito de una empresa, determinados acuerdos no puedan llevarse a cabo porque intereses diferentes negociados en otras mesas, planteen restricciones que pongan en peligro la viabilidad de un proyecto concreto.

El actual sistema supone un freno a la productividad de los trabajadores, y con esta medida se aboga porque los acuerdos de empresa prevalezcan como norma, y no como excepción, sobre los convenios de ámbito superior.

Todo esto que parece de sentido común, choca con los intereses creados por unos sindicatos encanallados y por un Gobierno especialmente dañino que nos conduce a una especie de autogenocidio laboral, donde nos destruimos a nosotros mismos.

Si pudiera volver a empezar este artículo intentaría ser más optimista, pero como no me apetece y cada vez quedan menos obreros a los que despedir, lo más probable es que, aunque se nos acaben los buenos modales, la propuesta quedará como un intento en vano de acabar con la sangría de desempleados del mercado nacional.

Tendremos preparadas toallas limpias y agua caliente aunque, como en el caso de los partos, no sé muy bien si servirán para algo. Una lástima porque ya hemos agotado las maneras de bajarnos los pantalones; lo digo por si no se habían dado cuenta.

sábado, 25 de abril de 2009

Más domingos al sol

En su calendario todos los días son festivos, pero en todos hay motivo para la desesperación. Ésta es la historia que narra la película ‘Los lunes al sol’, la de aquéllos que viven la vida en domingo.

Hoy en España conviven 4.010.700 ciudadanos vestidos de chándal, parados, inmóviles, estancados, quietos, estáticos, paralizados, deprimidos, abatidos, decaídos, desanimados; y estar parado significa estar sin empleo, mirar a las musarañas y apuntarse al deporte de contarlas a diario. Y esto era hasta final de marzo, porque a razón de 10.000 trabajadores al día, hoy habrá unos 200.000 más en esta fascinadora situación.

Es verdad que la Ministra Elena Salgado salió ayer a dar la cara, pero ya apesta a difunto el tono de su discurso, y no lleva ni cuatro días en su puesto; no entiende el problema, está esperando a que escampe, y no se quiere dar cuenta que nadie va a venir a pagar nuestras deudas. Vuelve a errar, sin hache, cuando pretende aplicar nuestro nulo margen de maniobra ampliando el periodo de cobertura a los parados ¡Más madera, más sopa boba!

Seguro que estos dineros bien reinvertidos en ánimos a la pequeña empresa traerían mejores réditos al empleo, pero es mejor seguir haciendo de necios samaritanos, es mejor seguir garantizando que nunca se acordarán recortes sociales. A pesar de sumir al país en un estado de emergencia, de vergüenza internacional, de catástrofe demoledora, falta talante para asumir la ineptitud; estamos ante un Gobierno ingobernable, y sólo nos quedan motivos para la desesperanza, para la desilusión compartida.

La cobertura al parado ha de ser forzosamente seductora hacia la búsqueda de un nuevo empleo; su importe debería ser decreciente a medida que pasen los meses; quizá mayor de lo que es hoy al principio, y considerablemente inferior a medida que se prolongue la agonía. Lo gratis no funciona, ni siquiera en épocas de degeneración como las que vivimos.

Los más de cuatro millones de parados no son una cifra, es un drama, y abróchense los cinturones porque del cuatro al cinco sólo resta el tiempo en que un memo tarda en hacerse notar.

lunes, 6 de abril de 2009

Los últimos días del hombre entre la multitud

Con la vista puesta en las vacaciones de Semana Santa me han dado ganas de escribir un cuento, aunque depende del color del lugar desde el que se lea, las conclusiones no diferirán demasiado de la realidad.

El relato comienza en una agencia de viajes rumbo al paraíso del 2x1, no sin antes luchar a brazo partido en las garitas de detectores de colonias y otros líquidos homicidas de la T4 del aeropuerto de madridalcielo.

El comandante del vuelo se disculpó de antemano por el escaso espacio entre asientos de la clase turista, al parecer a causa de la dichosa crisis; nadie en su sano juicio solicitaría el libro de reclamaciones al comienzo de unas vacaciones, así que todos aplaudimos atronadoramente su sinceridad. A veces es mejor resultar herido por la verdad que consolarse con un hatajo de mentiras.

Como estaba muy incómodo notando la rodilla del pasajero de atrás clavarse en mi espalda, decidí leer algo de la prensa gratuita del día anterior, ésa que reparten como somnífero la compañías aéreas que aún no han quebrado, y una vez me venció el sueño mi mente me trasladó sin más esperas ni retrasos a destino, hacia una playa de aguas turquesas donde la realidad nada importa y donde el disfrute de estos días constituye la autenticidad de la vida.

Allí rodeado de otros seres en cuyas caras se dibujaba la felicidad, me traicionó mi subconsciente y me dio por acordarme de él, del hombre que camina sólo entre la multitud y que consume sus últimos días al frente del papel salmón nacional tras 30 años de servicio. Me dirán que buenas ganas tengo yo de amargarme los sueños de mi propio cuento; es cierto, pero es que uno de los problemas de las vacaciones es el tiempo que tienes para leer sobre los cuentos de otros.

Además, yo reconozco que dilapido mi crédito ante la multitud, y quizá por eso ahora sueño con él, un tipo aparentemente tranquilo al que parece que nada le asusta, que convive entre los bravos como si nada le importara, sabedor que tarde o temprano saltará al vacío y se apretará doble ración de carretera y manta. El caso es que, en mi cuento o en mi sueño, parece un mortal que pertenece a la categoría de los llamados decentes, aunque de aquéllos a los que cuesta seguirles con claridad sus principales coordenadas.

Mientras me creía feliz y me apretaba unos whiskys en el último chiringuito legal de la costa española, y ya con el bañador enfundado como segunda piel, creí escuchar a otro tropel de turistas comentar que nuestro avión, el mismo en el que yo viajaba durmiente, había sufrido un terrible accidente cayendo fatalmente en picado al mar....... una multitud anónima de unos 3.605.402 pasajeros había quedado sepultada en lo más recóndito del fondo del mar; afortunadamente, y siempre según cifras oficiales, no se produjeron daños irreparables, ni tampoco víctimas realmente mortales.

Sin embargo, algunos miraban desde el fondo con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna esperanza perdida; la megafonía del avión había quedado seriamente dañada, tanto como la hoja de servicios de su comandante; desde las asociaciones humanitarias más lejanas reclamaban más diálogo y más conciliación laboral y familiar, y desde la torre de control sólo llegaban sonrisas cómplices en blanco y negro.

Pero todo cuento que se precie ha de acabar bien así que, a pesar del leve malestar reinante entre el colectivo accidentado, alguien llamado bienestar salió en su ayuda y, mediante técnicas de respiración asistida, prometió remesas de 2.610 millones de euros mensuales procedentes de aportaciones involuntarias de potenciales accidentados que no quisieron o no pudieron tomarse este año vacaciones de Semana Santa.

Menos mal que mi cuento lo escribo a mi antojo y conseguí saltar del avión a tiempo al enterarme de la fatal noticia.
Camarero, otro whisky, que sea nacional si puede ser, que quiero echar una mano.

sábado, 28 de marzo de 2009

Que cada uno suelte el animal que lleva dentro

Parece, o eso parece, que Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE, empieza a cogerle gustillo al papel institucional que le toca, por suerte o por desgracia para él. No está mal eso de mantener en el tiempo una línea de actuación coherente; al menos los del otro lado del río pueden apuntar siempre en la misma dirección, sin leer el contenido y casi sin esfuerzo, y al menos los de este lado del río podemos escribir alguna vez en positivo, para variar y para no cansar al lector, que bastante tiene con lo suyo.

El señor Ferrán acaba de instar al Gobierno central a ‘promover una reforma laboral para conseguir un mercado de trabajo "coherente", en el que se supriman los contratos temporales a cambio de abaratar el despido de 45 a 16 días de indemnización por año trabajado’.

Ya he comentado varias veces que estoy de acuerdo con la medida, y no tarareando un son personal, sino porque pienso decentemente que es una de las grandes reformas que no pueden dilatarse más si queremos que España deje de ser una fábrica de asentar parados de larga duración de una manera tan cruel.

Por otro lado, o desde el otro lado, mejor dicho, vuelve a la arena del circo Cándido Méndez, el anestesista sindical, el padre prodigio, el anticuado pródigo, el visionario que ya lleva ciego al frente de la UGT camino de 20 años, y se presenta ante los medios proponiendo una semana laboral para los españoles de cuatro días, y lo defiende como todo un avance en la conciliación de la vida familiar y laboral……. supongo que para los pocos que queden con vida si se lleva a término esta incalificable majadería.

El problema, a mi juicio, es de mensaje, y precisa soluciones de telemarketing y mercadotecnia. Bien es cierto que no corren buenos tiempos para sesudas reflexiones pero, sin algo de esfuerzo por nuestra parte, es complicado transmitir lo que la verdad esconde. Quizá bastaría con incluir alguna reforma educativa integral en la que se valore de forma positiva la figura del empresario, tan denostada en algunos libros de texto.

No pretendo poner al señor Cándido en caza y captura, pero si alguien en su sano juicio cree que esta propuesta es un avance para la clase trabajadora y no una fechoría contra el derecho de los individuos a progresar, es que aún nos creemos aquella cantinela de los derechos adquiridos de la clase trabajadora, y entonces, el triunfo perverso del candoroso Cándido, si lo logra, será nuestro fracaso.

jueves, 19 de marzo de 2009

Mentecatos

Me refiero al sustantivo, no al adjetivo, y no, no pretendo faltar el respeto a nadie, sólo es un inocente juego de palabras para no aburrirme demasiado y para bautizarles a ellos, a la asociación de trabajadores presuntamente constituida para la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales de sus miembros, y también de sus miembras, en su caso.

Prometo no rayarme demasiado y no volver a nombrarlos en un tiempo prudencial, ni siquiera a renombrarlos, ni a ellos y menos a sus miembros, por lo menos hasta unos minutos después de acabar este post del día del padre.

Pero es que con el salto del tigre de Cándido Méndez ya estamos todos, al menos a los que se esperaba desde hace tiempo; lo malo, para unos, es que el discurso flema con el que ha despertado de su plácido sueño Cándido, el de UGT, no el de los cochinillos, ha sido el de siempre, aunque destaca ese tono desafiante, esa amenaza de salir con el 7º de caballería a la calle, como si el que debiera arreglar todo esto no quisiera y hubiera que rejonearle un poco para que espabilara al ver un poco de sangre derramada.

Comenta Méndez, haciendo deshonor a su nombre, que ‘los recortes salariales que pretende la patronal no van a facilitar el crecimiento y el empleo. Por el contrario pueden generar una contracción económica aún mayor, empeorando una situación que ya es difícil’. Como me produce jaqueca y náuseas, voy a hacer un pis y ahora vuelvo.

Ya estoy aquí; bastante mejor; lógicamente, el de antes no comenta nada sobre el mercado de trabajo, nada sobre cómo potenciar el contrato a tiempo parcial, nada sobre políticas de reeducación y de recolocación de los trabajadores, nada sobre la reducción de las cotizaciones a la seguridad social, nada sobre incentivos a las empresas de aquellos sectores que se pretenda potenciar, nada sobre políticas de reducción de impuestos, nada sobre cómo paliar nuestra endémica falta de competitividad, nada sobre posibles acuerdos en el seno de las empresas para reducir salarios en momentos bajos, a cambio de ciertos acuerdos para conservar los puestos de trabajo. Nada de nada.

A mi tampoco se me ocurre ninguna solución; bueno sí, o mejor dicho, no se me ocurre pero estoy de acuerdo con lo que se le ha ocurrido a Ansón; creo que el movimiento sindical funcionaría de manera más eficiente si se suprimieran todas las subvenciones y las ayudas presupuestarias que van a parar obligatoriamente desde nuestros bolsillos hasta los bolsillos de estos cándidos, pero para no dejarles desamparados, se podría articular un sistema parecido al de la financiación de la iglesia católica (por cierto, el éxito ha sido mayúsculo), y bastaría con poner una casilla en la declaración de la renta para que los simpatizantes de los camaradas dedicaran un porcentaje de sus impuestos a sufragar la dolce vita de UGT, CCOO, USO, …… seguro que se forrarían, ¿verdad?