jueves, 18 de febrero de 2010

Perpetuamente inminente

Es lo que se dice de la muerte respecto de la vida. Sabes que puede suceder en cualquier momento, pero nadie sabe cuándo va a dejar de ser un enigma. Es sólo un ejemplo, no quiero asustarles demasiado, pero me vale para empezar a hablar, una vez más, de la anunciada quiebra del sistema de pensiones español, de la que tampoco hay duda que llegará, aunque no sabemos con precisión ni cuándo ni, sobre todo, cuánto nos va a afectar.

La pirámide demográfica no hay quien la cambie. Encima ahora nos da por no tener hijos y por vivir de vacaciones pagadas hasta los taitantos, sobre todo ellas, que pasan de la igualdad en según qué casos. Las crisis económicas en las que conviven altas tasas de paro sólo agudizan el problema.

Todo esto es un cóctel explosivo para un sistema de pensiones de reparto, de falaz reparto, porque nos empobrece a todos. Que alguien me explique cómo vamos a digerir, en términos financieros, los años en los que debamos pagar a los pensionistas más que lo que ingresemos por cotizaciones de los trabajadores en activo. Ah, sí, ya me acuerdo, con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Vale, con más impuestos. Podríamos, por ejemplo, subir el IVA al 50%, el IRPF al 65% y el impuesto de sociedades al 70%. Suena a circo, pero motiva.

Pero el peor truco de magia es el evidente. Como el de subir la edad de jubilación de forma espasmódica hasta los 67. O hasta los 70. Tanto me da. Nadie duda de su eficacia, si lo que queremos es fugarnos hacia adelante, por la escalera de incendios. Si lo que queremos es retrasar el problema unos cuantos años. Si lo que no queremos es acabar con este sistema fraudulento. Si lo que no queremos es proteger el esfuerzo personal, el del individuo.

No pongo en duda la legitimidad social de unas pensiones mínimas, vistas como un pequeño aporte de dignidad. Pero hasta ahí. Y dando gracias al forzoso donante. El resto del pastel es para el que lo trabaja, como la tierra y como el mar.

Y no veamos en un sistema de capitalización individual, de sacrificado ahorro, un rasgo de maldad, sino un sistema que nos proteja de veras a nosotros, a nuestro esfuerzo, a nuestra voluntad y a nuestras familias, y sólo desde ese paraje podremos dejar trabajar a la mano invisible de Adam Smith, para que vuelva algo de su ‘Riqueza de las naciones’.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Efecto desánimo

No se trata de un complejo de inferioridad, aunque es verdad que te puedes sentir un tipo de menor valía que los demás. También brota de forma instintiva, y también suele desembocar en un ser abatido al que le cuesta conseguir sus objetivos. La principal consecuencia, a mi juicio, es que consigue convertirte en un experto fugitivo de tus problemas.

¿Y por qué me doy un banquete filosófico en plena sección de economía? Pues porque mucho de lo que pasa en nuestras vidas económicas, aunque no lo sepamos ver, lleva camuflada una consecuencia, y no siempre es razonable.

Lo que yo intento comentar, y que tanto me está costando por incrustarle tanta retórica, no es razonable. Al menos deberíamos intentar que la razón no tuviera razón esta vez. Me quiero referir al efecto desánimo que provoca la penosa situación del desempleo; sí, ya saben, esa nueva ocupación que está tan de moda en España.

Pues bien; si de cada cien personas en condiciones de trabajar, veinte no lo pudieran conseguir, la impasible estadística nos dice que nuestra tasa de paro alcanza el 20%. ¿y si, por ejemplo, tan sólo un miembro de nuestra hipotética clase trabajadora se nos desanimara porque creyera que no puede encontrar un trabajo razonable en un plazo de tiempo prudente? Pues va la estadística y nos dice que nuestra tasa de paro se ha reducido al 19,19%. Dividan si no me creen.

No seré yo quien les intente desanimar activamente, pero como se suele decir, no hay mal que por bien no venga. Espero que las dos clases que le susurraron al oído de toda España al Presidente del Gobierno no fueran tan poco elegantes como es ésta.

Por el contrario, lo cierto es que el miedo al efecto desánimo parece que está cundiendo en el ánimo de la clase trabajadora. Las cifras nos dicen que el absentismo laboral se ha reducido por el miedo a perder el trabajo; ahora los catarros han de ser muy virulentos para causarnos una baja por enfermedad, e incluso las horas extraordinarias ya no se ven como un atropello a la conciliación de la vida personal y la familiar, sino como algo diferente que yo no me atrevo a valorar por el toque de burla sangrienta que conlleva.

martes, 16 de febrero de 2010

Bonus malos

La palabra bonus no aparece en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Tampoco en el Panhispánico de dudas. Pues empezamos bien.

Para entendernos, aunque creo que nos entendemos perfectamente todos cuando hablamos de bonus; me refiero a la retribución salarial variable de un trabajador, es decir, aquella que se pacta no por unidad de tiempo, sino por unidad de obra o nivel de ventas conseguido.

Pues está en tela de juicio, sobre todo la de los malignos banqueros. Ya lo sabrán. Y no me extraña que se abra el debate, aunque me da la impresión que se va a cerrar de mala manera, con serios efectos secundarios. Y tampoco me extraña; los bonus son un tema demasiado serio como para dejarlo en manos de una pandilla de mediocres políticos.

Entiendo que el tema abra heridas en el trabajador con nómina ‘fija’. Pero es que una cosa es la envidia que sintamos y otra muy distinta el funcionamiento de la economía en general, y del mercado de trabajo en particular. Me explico.

La que expongo a continuación es una teoría de mitad del XIX, pero que me parece tan fresca y atinada como cuando fue enunciada. Los salarios dependen fundamentalmente de la oferta y la demanda de trabajo, es decir, el trabajo es una mercancía como cualquier otra, sujeta a las fuerzas del mercado, y que se ofrece y se adquiere en un mercado llamado 'laboral'. La oferta la constituyen el número de trabajadores en condiciones de trabajar, en tanto que la demanda la formulan los dueños del capital.

Los salarios variables se pactan entre los trabajadores y sus empresarios, en beneficio de ambos y de manera libre. Es lo que tienen las empresas privadas, que son de sus dueños, y por eso las opiniones rasgadas de los que vemos los toros desde la barrera no son más que nobles virtudes de quienes no tienen otras. En este campo, entiéndanme.

Y si intentamos limitar los bonus legalmente, el variable pasará a cobrarse en fijo y asunto resuelto. O peor aún, el talento directivo pasará del sector financiero al de las telecos o al eléctrico en un abrir y cerrar de ojos.

Distinto debate es el que se pregunta si deben cobrar bonus los directivos de entidades que han sido rescatadas por el Estado. El que se pregunta si hay alguna correlación entre la reciente crisis sistémica financiera y la codicia de los banqueros. El que se pregunta si deben existir límites a las retribuciones variables, o ajustar éstas al riesgo asumido por el directivo. O el que se pregunta si debe diferirse el cobro de parte de la retribución variable.

Estas si son discusiones atractivas y que vienen a cuento, pero que deberían ventilarse lejos de los bienintencionados buenismos políticos, lejos del populismo sindical y siempre con celestial respeto a la inmaculada frontera que separa el bien público del privado.

¡Vaya!, qué místico me he puesto al final.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Tragedia griega

Resulta difícil hacer una reflexión que no caiga en lo excesivo cuando la primera palabra que se escribe es la de tragedia, aunque ya se sabe que estos artículos que intentan incluirse dentro del género de la opinión precisan de un buen titular para hacerle al lector un imaginario gancho con el dedo índice en señal de reclamo.

Para que exista tragedia es necesaria la caída de un mito. Si es en el teatro es más digestiva. En la vida real hay pocos mitos, pero muchas tragedias donde el protagonista suele salir mal parado. No voy a decir que Grecia sea un mito financiero, al menos desde este lado del mediterráneo, aunque si a causa de la enfermedad griega se alzan voces intentando tambalear nuestra moneda única, el euro, la cosa toma tintes trágicos.

A más, a más. Si desde puestos de responsabilidad europea, el Comisario Almunia, costilla de nuestras costillas, compara campantemente la situación económico financiera de nuestra España con la que atraviesa actualmente Grecia, se empiezan a evidenciar todos los ingredientes de la tragedia cañí. También la prensa anglosajona nos crucifica cada lunes y cada martes, aunque es verdad que se trata de su juego preferido.

Desconozco en profundidad las tripas del problema heleno, pero no es demasiado complicado analizar los principales datos de ambos países y llegar a determinadas conclusiones.

Estamos peor que Grecia en desempleo. El doble peor, y la orina de nuestro enfermo tiene muy mala pinta. También estamos peor en el grado de apalancamiento (endeudamiento) del sector privado. El español medio ha querido vivir por encima de sus posibilidades aún más que el griego medio. Y nos lo han permitido fingiendo que éramos adultos.

Estamos algo mejor que Grecia medidos en relación al déficit público, pero parece que ambos gobiernos han perdido la capacidad de generar ingresos impositivos. Nos queda el cinturón del gasto para compensarlo, pero visto está que no queremos tomar decisiones en contra de los instalados cómodamente en el confort del sistema. Se trata de molestar lo menos posible.

Y estamos mucho mejor que Grecia en deuda pública sobre PIB, en ratings externos y en el diferencial del bono nacional respecto al alemán. Es aquí donde radica el problema griego y la quiebra de sus cuentas, porque existe la probabilidad innegable de impago de sus compromisos, y aunque no queramos, los países de la eurozona vamos a tener que acudir en su rescate, con el consiguiente efecto contagio a otros países euro. El plan lo van a liderar los líderes. Alemania y Francia. Nosotros creemos más en la alianza de civilizaciones y en los pajaritos preñados.

Lo malo es que cunda el ejemplo, el mal ejemplo, de acudir siempre en rescate del mal gestor, del irresponsable, y en eso el periodo de aprendizaje de los rinconetes y cortadillos es veloz, y mucho me temo que podamos caer en la picaresca de pensar que ya nos sacarán las castañas del fuego cuando demos definitivamente el paso de la comedia a la farsa, y desde allí directos al estreno de nuestra particular tragedia.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Que viva usted cien años

Hay poco más de 3.500 españoles que sobrepasan los cien años. De cada 800.000, tan solo uno lo consigue. Por el contrario, la probabilidad de que le toque a usted el Gordo de Navidad es mucho más esperanzadora. En el bombo se meten 85.000 bolas, es decir, comprando un décimo tenemos una posibilidad entre 85.000.

Afortunadamente la cosa no acaba aquí. Y digo afortunadamente porque entonces nos perderíamos mucho del entretenimiento gratuito y de las absurdas supersticiones que nos deparan cada año los días previos al sorteo de la lotería de navidad: ‘Que si el número agraciado coincidirá con la fecha de la muerte de Michael Jackson. Que si caerá como maná en la costa de la muerte, por lo del prestige. Que si Doña Manolita o la Bruixa D’Ors volverán a cantar pleno’.

Y cada año los matemáticos responden de igual manera y con la misma contundente racionalidad a los tópicos que se les plantean: ‘Las posibilidades de conseguir el Gordo son exactamente las mismas sea cual sea el número con el que juegue, sin distinción alguna’. Da igual si usted vive en Madrid, Albacete o Teruel. Si lo compra en doña Manolita o en don Manolito. Si acaba en 96 o en 69.

Aunque sean fechas obligadamente entrañables, y aunque no sea estrictamente necesario, creo mi deber cerrar el año haciendo emerger unos datos no opinables, pero tremendamente alentadores: Tiene usted el 85% de probabilidades de perder todo el dinero que juegue en el sorteo de mañana; un 10% de que le toque la devolución de lo jugado, y un 5% de que le caiga algún premio. Visto así, no parece tan irracional el sorteo, ¿verdad? Haga como yo, juegue según le dicte el subconsciente.

Por cierto, sólo una leve maldad navideña: Los premios de la lotería no llevan gravamen fiscal, pero no descorche el cava todavía; previamente el Estado confisca el 30% del importe jugado, unos 945 millones de euros por estas fechas. ¡Vaya, o sea, que pagamos todos los jugadores, nos toque o no!

Y es que sigue siendo verdad la vieja máxima que advierte: ‘lo que a algunos les sale gratis, a otros les sale caro’. Pero, ¡qué grande es el estado del bienestar!, tanto más cuanto más desconocido nos es.

Mucha suerte para mañana, y que cumpla usted cien años.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Inseguridad social

‘No sabemos lo que nos pasa, y por eso nos pasa lo que nos pasa’. La frase no es mía, pero nos la podemos aplicar todos, y en muchas circunstancias. Hoy me vale para empezar a hablar del sistema sanitario público español.

El concepto de seguridad social es grandioso. Se refiere al bienestar social relacionado con la protección o la cobertura de las necesidades socialmente reconocidas, como la salud, la pobreza, la vejez, las discapacidades, el desempleo y otras. Suena a música celestial. Lo he sacado del Wikipedia. A mi no me salía.

El problema es que para que la máquina funcione en el largo plazo, hay que gestionarla bien. Con criterio, a ser posible económico. Y bajo el sistema vigente, el chiringuito no es sostenible en el futuro actual. Lo dice un concienzudo estudio elaborado por el profesor Luís Garicano, el economista español con más prestigio internacional. Por eso mismo nadie le conoce en España.

Pero pongamos las cosas en su sitio. El punto de partida del sistema sanitario español es fantástico. Nuestra sanidad es un referente internacional, por su universalidad y su nivel de acceso. En consecuencia, nuestra esperanza de vida es la más alta de Europa, 81,1 años, 1,3 años superior al promedio europeo. Los daneses, siempre admirados, cascan 3 años antes que nosotros.

Y ahora viene el primer desengaño: ‘Españoles, nuestro sistema sanitario no es gratuito’. No. Nos cuesta 1.300 euros por persona y año. Nada es gratis en la vida. Y la situación financiera por la que atraviesa es muy complicada. No se trata de vivir del cuento del lobo. Se trata de afrontar la realidad y de plantear soluciones.

Es verdad que las medidas propuestas son difíciles de asumir, pero es que la vida es un difícil ejercicio práctico y, desgraciadamente, el todo gratis para todo el mundo durante todo el tiempo, no sólo no vale, sino es que además es imposible. Y por eso genera debates entre los malvados economistas.

Supongo que nadie se sentirá agraviado si decimos que se abusa del sistema sanitario. Que somos medicodependientes. Que calibramos la labor del médico en función del número de recetas que nos llevamos firmadas a casa. Y esta vez tenemos que responsabilizarnos todos. No podemos comportarnos como si nuestros actos no tuvieran consecuencias.

El uso que los pacientes hacemos del sistema es un disparate. El españolito medio acude al médico más de 8 veces al año. Un 40% más que el promedio de la UE. Y el gasto per cápita es un 40% superior al de países de nuestro entorno.

Las fórmulas propuestas son conocidas. Debemos poner en marcha medidas económicas que disuadan el sobreuso. Ningún recurso es infinito, querido paciente. Y habrá que volver a debatir, sin nerviosismo, sobre la introducción de alguna tasa que haga más racional el consumo de medicina general. En definitiva, que exista un cierto coste de ir al médico.

Bastaría introducir un precio simbólico. Uno o dos euros por consulta, por ejemplo. Nos podríamos poner de acuerdo en rebajar o anular este coste en determinadas circunstancias: En función de la renta, para tratamientos crónicos, para pensionistas….. Se podría fijar un coste anual máximo….. En definitiva, es preciso desincentivar el malgasto de recursos, con la única finalidad de poder dedicarlos a las personas que más lo necesitan.

Y esto es sólo el principio. Los profesionales del sector también deben ser sometidos a la racionalidad eficiente del sistema. No se entienden determinadas diferencias entre regiones en el uso de pruebas diagnósticas; resonancias, mamografías, TACs,…. Y es preciso evaluar la gestión de los hospitales, y que ésta tenga consecuencias.

El debate está abierto aunque, por esta vez, todos estaremos de acuerdo en que nuestros botiquines caseros son la mejor prueba de que algo no funciona bien.

Por cierto, la cita del comienzo es de un tal Ortega y Gasset.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El fútbol es ‘asín’

No sé si cuando hablamos genéricamente de los futbolistas es muy apropiado utilizar el término ‘talento’ para denominar al conjunto sobresaliente de habilidades o destrezas que desarrollan. Depende. Si pensamos en el talento como manifestación de la inteligencia, está claro que no.

Algunas mujeres -y no tan mujeres- ya han reflexionado sobre este particular, y han concluido que este talento se resume estupendamente bajo la máxima de ‘dar patadas a un balón en calzón corto’. Y es que, no nos engañemos, al futbolista se le percibe mayoritariamente como un individuo consentido y caprichoso, y cuya máxima aportación al mundo consiste en colapsar los telediarios con frases redundantes y vacías.

Comento esto en relación al debate que ocupa estos días páginas enteras en los diarios de máxima difusión nacional. Para que se me entienda, me refiero al Marca y al As, no a Expansión o Cinco Días. El asunto es el del porcentaje que pagan al fisco español los futbolistas extranjeros por ejercer su actividad en España.

Y es gracioso. Los mismos que comentan a diario si tal jugada fue penalti o aquella acción fue merecedora de tarjeta amarilla, hacen ahora análisis sobre la justicia o la moral de la fiscalidad que deben soportar los haberes de los futbolistas extranjeros enrolados en equipos españoles. El dedo acusador se dirige simbólicamente a los Cristiano Ronaldo, Messi y Kakás.

Si nos quedamos en el titular casi todo el mundo estará de acuerdo en que parece una injusticia social que las estrellas extranjeras del deporte tributen a un tipo del 24%, mientras sus compañeros y rivales españoles lo hagan al 43%.

La legislación que permite hasta ahora este trato desigual, conocida como Ley Beckham (por la coincidencia en el tiempo entre su promulgación y la llegada a España del ‘más entre los mases’), echó a andar con el objetivo de atraer talento del exterior. Se buscaba talento de profesionales de todo tipo, no sólo deportistas, de manera que su trabajo entre nosotros ejerciera de efecto multiplicador sobre la economía española; en definitiva, algo que a medio plazo nos beneficiara a todos. No suena mal, ¿verdad? -si alguien conoce un científico que cobre más de 600.000 euros anuales, que vaya a La Noria a contarlo. Le darán un pastón-.

Y digo yo. Al menos los campeones españoles de la última Eurocopa de fútbol deberían estar enfadados por el agravio. Me refiero a los Xavi, Villa y compañía. Y no lo están. O no lo parece.

También es cierto que quien de verdad sale perdiendo con este cambio serán los pagadores. Los clubes de fútbol, que deberán rascarse más el bolsillo para contratar lo mismo. Por eso amenazan con ir a la huelga. El futbolista extranjero seguirá haciendo su cuenta de la vieja antes de venir a jugar a España. La de cuánto va a cobrar ‘en neto’, y serán los clubes, perdón, los aficionados, los que deberemos rascarnos el bolsillo una vez más para atraer al talento musculado exterior.

Alguno se preguntará ahora si el futbolista de élite puede mejorar el PIB nacional con sus gambetas y filigranas. Mi opinión es que sí, que la suma de beneficios que reportan a la marca 'España' es superior al coste que soportan las arcas públicas por la rebaja fiscal. Y mi opinión es que sí no sólo por el huevo, que también, sino por el fuero. El montante de pérdida recaudatoria total es insignificante. Afecta a unos 1.960 contribuyentes, unos 100 millones de euros anuales. Demasiado ruido para tan pocas nueces.

Y que no les confundan. Ya he comentado en otras ocasiones que la subida de impuestos la soportará otra vez el mismo. El que compra el Marca y el As, y no el que sale en las portadas.