lunes, 27 de junio de 2011

Parados pacientes

A los bomberos parados. A los astronautas parados. A los melancólicos parados. A los detectives privados parados. A los plusmarquistas de la distancia corta parados. A los fabuladores parados. A los premeditados parados. A los trastornados parados. A los mediohombres parados. A los pacifistas parados. A los perroflautas parados. A los patanes parados. A los hombres de espíritu parados. A los desordenados parados. A los políticos parados. A los fanáticos parados. A los parados parados.

A los madrugadores parados. A los luchadores parados. A los ganadores parados. A los patriotas parados. A los veinteañeros parados. A los cincuentones parados. A los unamunianos parados. A los juanjosés millás parados. A los liberales parados. A los rostritorcidos parados. A los tunantes parados. A los divorciados parados. A los autoestopistas parados. A los mutilados parados. A los corazones cicatrizados parados. A los casi cinco millones de españoles parados.

Paciencia. Pero no dejen de impacientarse todos los días, porque el hombre en busca de trabajo adopta una pose más digna que tomando güisquis o bailando jotas. Porque la estética del trabajo es más merecedora que la del juego o el ocio. Porque uno es más listo cuando trabaja que cuando hace que trabaja.

Y porque es posible que suceda algo cuando uno lo espera con mucha impaciencia.

domingo, 5 de junio de 2011

El juego del gallina

Estos días la prensa viene cargada de noticias sobre el desordenado proceso de negociación colectiva que se viene ventilando en España a través de la mesa de negociación a la que concurren, por un lado, los trabajadores, representados a través de los sindicatos, y por otro lado, las empresas, a través de sus representantes patronales. Arbitra el partido un gobierno español sin presente y sin destino.

Aunque no lo parezca, se intenta llegar a pactos que mejoren las condiciones laborales aplicables a la generalidad de los trabajadores. Que falta hace.

El principal objetivo de la reforma es debilitar los caducos macro convenios sectoriales actuales, a cambio de fortalecer micro convenios de empresa, más cercanos a los problemas que se susciten en cada organización, dotándoles así de mayor flexibilidad. En definitiva, se trata de acercar la potestad en la toma de decisiones a sus principales afectados.

Vaya por delante que, caso de aprobarse la pretendida reforma, el nuevo esquema no garantiza la reproducción del empleo por esporas, pero sí traslada la aprobación de las reglas del juego a los principales sufridores del problema, circunstancia que parece razonable.

Para que no le confundan con inútiles destellos de esperanza, les adelanto que toda negociación colectiva que aspire a la conservación real de puestos de trabajo, necesariamente ha de conducir a un único callejón sin salida, es decir, al recorte de las condiciones laborales de los trabajadores; es decir otra vez, a trabajar más y a cobrar menos.

El problema fundamental, a mi juicio, es que, o no nos quieren explicar el juego bien, o a nosotros no nos da la gana de enterarnos. Porque los hay que siguen pensando que la tarea principal de las empresas es generar empleo, como si fuera una especie de maná social decretado. Como si alguien arriesgara su dinero, su esfuerzo y su talento, en beneficio de otros que no quisieron hacerlo.

Y los equivocados no son sólo los indignados de la plataforma del 15 M; el error conceptual es general.

Porque el único cometido que da sentido a una empresa, mercantil, es organizar sus factores productivos lo mejor posible para producir bienes y servicios, por los que los consumidores estén dispuestos a pagar un precio lo suficientemente elevado como para hacer rentable esa organización. Intente montar una empresa y verá cómo estamos de acuerdo.

Y si felizmente la empresa consigue su objetivo, entonces además podrá remunerar a los factores implicados, es decir, a sus trabajadores, compensándoles el tiempo que dedican a producir esos bienes o servicios, en vez de estar de acampada 'real' en la Puerta del Sol.

Por eso, para que las empresas puedan sobrevivir, y sus trabajadores puedan trabajar, es necesario amoldarse a las peliagudas condiciones del mercado. Y no hay otra, por mucho que nos indignemos colectivamente.

Y sólo alguien que no se juegue un puesto de trabajo en el envite, como los representantes sindicales, o el Gobierno, pueden tomarse la reforma de la negociación colectiva como si fuera ‘el juego del gallina’, ya sabe, ése en el que se conduce un vehículo en sentido contrario y el primero que se desvía de la trayectoria del choque pierde y es humillado por comportarse como un gallina.

Y en esas estamos, con unos sindicatos y un Gobierno enzarzados en una escalada en la que no tienen nada que ganar, y en la que sólo el orgullo evita que se echen atrás.

sábado, 21 de mayo de 2011

Indignados irreflexivos

Hoy es jornada de reflexión. A mí me gusta más llamarla ‘veda electoral’, aunque sólo sea por llamar a las cosas por su nombre. Porque, con el día primaveral que amenaza, no creo que nadie se acuerde de reflexionar sobre el día después.

Además, aprovecho que mañana participaré obligatoriamente en la ‘fiesta de la democracia’, como presidente de mesa electoral, para compartir algunas reflexiones sobre los acampados indignados.

Un inciso previo. El origen de la veda electoral me parece acertado; en su momento se intentaba conseguir que, en el período inmediatamente anterior a la elección, los participantes pudieran reflexionar sin influencias sobre el sentido de su voto.

También existía otra razón más práctica, que pretendía evitar que durante el acto electoral ocurrieran incidentes entre simpatizantes poco dialogantes de diferentes partidos políticos.

Es cierto que el propósito de las prohibiciones legales que adornan un día como hoy tiene ya más valor simbólico e histórico que otra cosa. La consolidación de la democracia, el desapego a la clase política, la onda expansiva de internet, y algunos pequeños problemas del día a día, como el desempleo campeador, hacen que la prescripción sobre el examen de conciencia haya perdido todo su sentido.

Pero, de repente, a unos jóvenes y no tan jóvenes españoles, les da por reunirse en acampada sin monitores en distintas plazas del país. Y lo hacen arrogándose banderas en favor de la democracia. Algunos ‘analistos’ se atreven a definir esta sentada de fin de semana como la ansiada movilización de la sociedad civil.

Y digo yo, ¿no son estos mismos mozos los que se suelen declarar a menudo liberales, apolíticos, genuinamente distintos a la clase política que tanto detestan? Porque detrás de un liberal apolítico al uso se suele esconder, casi siempre, el deseo de no implicarse, la dejación, la deserción de lo que no nos gusta y, sobre todo, el ‘esto no va conmigo, yo soy de otra forma’.

Lo digo porque, a mi juicio, estas reuniones que estamos viendo tienen poco de revolución. Le viene grande incluso el calificativo de revuelta. No se ven propuestas activas. No hay cabezas pensantes. No existen alternativas para encauzar la protesta: ni respetando el actual sistema, haciéndolo girar hacia la constitución de un partido político ‘diferente’; ni tampoco aparecen las suficientes ganas de trabajar para cambiar el sistema actual, si es lo que de verdad se quiere.

El revolucionario, el que quiere cambiar los pilares de un sistema, el que busca un cambio radical y profundo respecto al pasado inmediato, ha de conjugar el verbo renunciar como primer mandamiento. Y necesariamente debe sacrificar lo suyo en pos de su objetivo refundacional.

Pero la spanish protesta se parece más al clásico lamento argentino: ‘Así no nos gusta. Hacedlo bien’. Y se hacen sonar cacerolas. Se brama contra lo injusto; mejor dicho, contra lo que no favorece. Se piden viviendas baratas, hipotecas blandas, empleo, salarios dignos de 14 pagas, sanidad y educación gratuita…… y se utiliza como vudú a los banqueros, que es muy socorrido.

Supongo que el 23 de mayo cada uno volverá a sus casas, y el único rastro visible de estos días habrá que buscarlo en algunos blogs como éste, que se rellenan por puro entretenimiento.

sábado, 9 de abril de 2011

Günter Oettinger

No tengo el gusto de conocerle. Ni sé cómo es físicamente. Ni siquiera he buscado su rostro acudiendo a las imágenes del doctor Google. Ni me interesa. Sólo sé que es el Comisario Europeo de la Energía. Y que es alemán. Democristiano, del pepé europeo. El resto de sus valores ocultos, se le suponen.

Y ya hace algunas semanas que tengo ganas de escribir algo sobre él. ¿Que por qué? Pues porque cuando la falla sobre la que se asienta Japón sacudió la tierra de manera brutal, el comisario Günter se subió al estrado del Parlamento de Bruselas, sin perder un minuto, para empequeñecer su persona y, más aún, el cargo que representa.

Porque mientras el mundo contemplaba escenas que se guardan en lo más remoto de nuestra alucinación, Günter utilizó su tribuna para lanzar un discurso francamente descorazonador, calificando lo que estaba ocurriendo en Japón con los reactores de la central nuclear de Fukushima, como de desastre con consecuencias apocalípticas.

Es cierto que no se puede exigir a los políticos que saquen brillo a su vestimenta sólo a cambio de dar buenas noticias. Ni siquiera se les puede exigir que, ante siniestros como el de Fukushima, saquen la varita mágica para solucionar el problema.

Pero lo menos que se le puede exigir a un responsable europeo de tan alta jerarquía es que esté bien informado y, cuando tenga que comunicar malas noticias y utilice como coartada su traje de comisario, lo haga con el mayor rigor posible, con firmeza y, sobre todo, con causa conocida.

De lo contrario, a algunos nos sigue pareciendo más adecuada la olvidada escuela política que practica el heroico valor del hermetismo.

Y sí, ya sé que el sufrimiento europeo por el terremoto de Japón ahora es sólo un ronroneo escondido en alguna parte del cerebro; ya sé que, salvo a los hipotecados en yenes, a ningún europeo le importa realmente el impacto económico de la tragedia nipona; ya sé que la teoría de la relatividad llama a nuestra puerta cada día; y ya sé que a la tercera copa de güisqui te sobran las miserias ajenas y pierdes incluso el miedo a la muerte.

También sé que las noticias que llegan últimamente desde Japón no son nada alentadoras. Y que las continuas réplicas del terremoto pueden acabar haciendo que se convierta en realidad el aventurado pronóstico de Günter.

Pero, en mi opinión, lo que se esconde detrás de sus manifestaciones no es un vaticinio acertado o fallido; no se trata de una simple apuesta en una carrera de caballos, sino algo mucho más importante, como es la  ignorancia de la pedagogía de las masas, y la pérdida de valores intangibles fundamentales como son la confianza, la seguridad y la credibilidad en la clase política.

Desgraciadamente aquel día Günter desplegó el plan perfecto para pegarse un tiro en cada pie y, sobre todo, demostró una estupidez concienzuda.

sábado, 26 de marzo de 2011

Hipoteca en yenes

Del concepto de préstamo hipotecario supongo que estemos todos al cabo de la calle, unos más que otros, claro. Pongamos en común nuestras dudas y hagamos dos exámenes de selectividad, uno sólo para aprobar y el otro para intentar subir nota.

Caso 1. Quiero una casa en un nuevo PAU de Madrid y no tengo dinero; entonces unos señores muy buenos que trabajan en un banco me lo prestan a cambio del compromiso de devolverlo, con sus intereses, en cómodas mensualidades durante los próximos 30 años. Aprobado.

Supongamos ahora que me presento a subir nota de ‘sistema financiero’.

Caso 2. Quiero la misma casa que antes, pero voy a poner en práctica la gimnasia financiera que estudié en segundo de CCC.

Para ello voy a ver a los mismos señores buenos del mismo banco que antes, que me prestan el mismo dinero necesario para adquirir la misma casa pero, en lugar de solicitar el importe en euros, el banco me entrega su equivalente en yenes, la moneda de curso legal en Japón.

Yo, a cambio, me comprometo a devolver otros tantos yenes durante los mismos 30 años siguientes, más sus intereses.

Como, lógicamente, el vendedor de la casa quiere que le pague en euros (allá él), yo tendré que cambiar los yenes recibidos del banco por euros de curso legal, para así entregárselos al vendedor y satisfacer la compraventa.

Tras este último paso habré adquirido finalmente mi casa introduciendo una fórmula novedosa; en las escuelas de negocios lo llaman ‘préstamo multidivisa’.

Recapitulemos entonces. Mi casa está en Madrid, mi trabajo también, y la oficina del banco prestamista la veo desde la ventana del salón de la casa. Entonces, ¿por qué pido el préstamo en yenes?

Pues porque, además de ser una las muchas maneras que hay para asomarse a los escotes del mundo, sé o eso me dicen, que el tipo de interés del yen es inferior al del euro. Lo cual es cierto.

Así confío que el montante de intereses que me tocará pagar por mi préstamo ‘multidivisa’ sea inferior al que tendría que pagar caso de haber solicitado la hipoteca tradicional en euros, que es la que firmaron el resto de mis vecinos del PAU.

El riesgo que asumo es que el yen se aprecie respecto al euro, o lo que es lo mismo, que el euro se deprecie respecto al yen. Porque cada vez que reciba mi nómina en euros deberé comprar los yenes necesarios para devolverle al banco lo pactado. Insisto, necesito devolver yenes según lo firmado en el ‘multidivisa’.

Lo que no sé, no entendí o no me lo explicaron bien, es que la relación de cambio entre el euro y el yen varía. A veces a favor y a veces en contra. Es lo bonito de los mercados financieros, que varían. Y su movimiento depende de infinidad de factores no previsibles. Lo contratado es, en definitiva, una apuesta especulativa alimentada a base de sueños lejanos.

Como ejemplo, en los últimos 3 años el yen se ha apreciado respecto al euro un 30%; es decir, al haber contratado mi hipoteca en yenes, le debo al banco un 30% más que al inicio, más sus intereses.

Y ahora, tras el desgraciado terremoto padecido en Japón y mientras los nipones entierran a sus muertos con esa misteriosa calma que les dan sus ojos rasgados, los prestatarios españoles de la hipoteca en yenes del PAU de Madrid se solidarizan aún más con su desgracia al ver cómo se incrementa su deduda con cada escape radiactivo de la central nuclear de Fukushima.

viernes, 18 de marzo de 2011

Dolor amarillo

Los débiles siempre nos dejamos impresionar por los fuertes. Me refiero a los fuertes, no porque no sientan, sino porque saben ser dignos de su dolor. Como los japoneses.

Porque lo que ha pasado en Japón estos días se llevaría por delante el trabajo y el esfuerzo de cualquier otro país de la tierra. Arruinaría las esperanzas de generaciones enteras. Abriría un después en la historia trágica de cualquier otro pueblo, y los lamentos implorando ayuda coparían las portadas de los diarios del mundo entero.

Pero los japoneses no son así. Sufren igual, sí, pero dignifican su sufrimiento y ennoblecen al ser humano. Porque la verdadera medida del valor de los hombres puede variar de la noche a la mañana. Basta una sacudida de la tierra para avenirnos o no a realizar las proezas que nos exige la vida.

Y, justo al día siguiente del día D, ningún japonés se escondía ya en el pasado, sino que buscaba entre los escombros lo aprovechable. Y no es éste un procedimiento ensayado para volver a ser felices, sino para intentar nacer de nuevo, porque el nipón no ve la solución de los problemas distanciándose de ellos, sino enfrentándolos con esfuerzo.

Japón saldrá de ésta. Seguro. Nos volverán a demostrar que la mejor manera de afrontar la desgracia es desafiándola. Reservando las fuerzas no para maldecir el destino, sino para el duro trabajo que les viene encima.

Toda ayuda exterior es poca, pero sus verdaderas armas son sus propios medios y, por encima de todo, su sentido de sociedad y de pueblo unido.

Y yo les compadezco y me apeno por ellos, pero también les miro y no dejo de admirarles.

sábado, 12 de marzo de 2011

Cartas de amor cuando ya no hay amor

Esta semana los medios de comunicación han aireado dos correspondencias privadas: Las del agónico empresario Ruíz Mateos a Emilio Botín, y las del agónico Presidente Zapatero al Presidente del Consejo de la Unión Europea.

De la Nueva Rumasa yo no pienso decir nada más. Ahora es el turno de los disfraces de superman, de las manifestaciones de expoliados ante las Instituciones Públicas, y de los juicios paralelos en Sálvame Deluxe y La Noria.

Ya sé que lo de Zapatero tiene menos gracia, pero supongo que a alguno de los quince millones de españoles que todavía trabajan quizá les interese más conocer lo que su todavía Presidente opina de su todavía puesto de trabajo.

Les resumo lo dicho, entrecomillado y sin corrector ortográfico. Zapatero se muestra a favor de «prestar especial atención al mercado laboral, alineando salarios y productividad, e incrementando la empleabilidad y la formación de nuestra fuerza laboral».

Para empezar por el final. El término ‘empleabilidad’ no existe. No lo encontrarán ni en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, ni en el Panhispánico de Dudas.

Se trata de un neologismo que, de asentarse en la lengua, será consignado en su momento en los diccionarios. Pero, ya que lo menciona el visionario Presidente, lancemos un humilde dardo en honor del gran Lázaro Carreter.

El concepto ‘empleabilidad’ lo he encontrado en internet en el ‘Diccionario de neologismos en línea’, que lo define como ‘la capacidad de sintonizar con el mercado de trabajo, de poder cambiar de empleo sin dificultades o de encontrar un puesto de trabajo’.

Está claro que la ‘empleablidad’ no se relaciona con la capacidad de un determinado ente de generar empleo, sino con la cualidad del individuo de ser susceptible de conseguir un empleo, es decir, en el sentido de mostrar flexibilidad y disposición de adaptarse al mercado de trabajo.

Sin esta matización conceptual alguno entendimos, en una primera lectura, que Zapatero pretendía aumentar la oferta de trabajo. A estas alturas nadie le creería. Con la ayuda de los diccionarios las cosas vuelven por sí solas a su sitio.

Vamos ahora con la próspera productividad. Para empezar unifiquemos conceptos, no vaya a ser cometamos el mismo error dos veces en el mismo artículo: La productividad no es más que un cociente entre los ingresos de una empresa y las horas trabajadas. Dicho de otra forma, cuanto menor sea el tiempo que lleve obtener el resultado deseado, más productivo se es.

Pues bien, Zapatero, tras una vida defendiendo el alza persistente de los salarios y su alineación matemática con el IPC, en defensa de la clase obrera, ahora se nos vuelve arbitrista y creyente racional.

Lo malo es que, en España, las empresas ya han ajustado sus plantillas de manera radical y dramática, y nos quedan pocos nuevos trabajadores a los que despedir.

Nadie es capaz de señalar con exactitud el lugar del cerebro de Zapatero donde se generan sus grandes ideas, pero supongo que alguien en Europa le habrá explicado que el alza salarial ‘por decreto’, en función de un índice de precios, condena a una parte de los trabajadores al desempleo, y por eso la demanda de bienes y servicios de los nuevos desempleados cae hasta cero.

Neo-Zapatero pretende ahora referenciar los salarios a la productividad. Pero, ¿a qué productividad? ¿A la del conjunto de la economía, a la de Inditex, a la del Banco Santander, a la de Repsol, a la de las Administraciones Públicas Españolas?

Llegados a este punto, y admitiendo la buena nueva orientación académica del Presidente, yo me pregunto si no sería más eficaz para el mercado laboral que dejara en paz a las empresas y a sus trabajadores, y que les permitiera fijar a ellos mismos sus condiciones laborales, para no acabar emulando a los viejos países comunistas, donde la gente primero hacía como que trabajaba, y luego hacía como si les pagaran.