lunes, 7 de junio de 2010

Amnistía fiscal

De blanco al negro. De tibios desmentidos a rotundas afirmaciones. Del ultra secreto al secreto a voces. De la economía subterránea al limbo eterno. Y así vamos sobreviviendo, y así nos luce la cabellera.

El último retruécano sonda nos lo hemos desayunado hoy. Va de amnistía. Pero no se apellida internacional, sino fiscal y cañí. La misma que parecía enterrada desde los tiempos de Miguel Boyer y Carlos Solchaga. La del perdón al asesino confeso por buen comportamiento; por hacer de funcionario a la sombra.

Y te cabrea. Porque es justo la posición contraria que nos piden, nos exigen, nos reclaman a los presuntos inocentes. A los tontos del cuento. A los que nos maleducaron a pagar siempre y que ya no sabemos hacer otra cosa.

Ahora nos recitan en rima que no son incompatibles ambas medidas. Que el obligado esfuerzo de unos bien se compadece con el voluntario desisto de otros. Que nuestro desvelo se puede conjugar con su flaqueza. Pues mire, para mí, no.

Al menos que lo digan con todas las letras y no nos vendan vendas para los ojos. Porque una amnistía no es un ‘plan de regularización fiscal’, como lo han denominado. Ni siquiera es un indulto. Porque el indultado sigue siendo culpable, pero al amnistiado le quitan las marcas y le revisten de preso político. Y sus culpas pasan a considerarse, a los ojos de la justicia legal y moral, como nunca cometidas, como vulgares inocentes.

Y por arte de magia del poder legislativo hacen desaparecer el delito. Como también desapareció el dinero de nuestros impuestos, y con él un buen trozo de libertad. Y mañana será ya tarde para empezar una revolución, porque hasta la moqueta huele a forense.

Lo único que me consuela es que a los malos, ahora ya buenos, les obligarán a suscribir, con su dinero negro, deuda pública española a cambio del perdón. Y, si les convencen, ¡qué cerca estará la venganza, la venganza de los mendas!

sábado, 5 de junio de 2010

Modelo laboral austriaco

No cabe duda que la escuela económica austriaca, o escuela de Viena, es cuna y referencia del pensamiento económico basado en el respeto al individuo y a su esfuerzo, como contrapunto de las teorías marxistas y keynesianas.

Además, Austria es uno de los países más prósperos y desarrollados de nuestro entrono. Al menos justo hasta el momento de pulsar el botón de ‘publicar’ en el blog. No está el horno para aseveraciones planetarias.

Durante estos días se habla incesantemente del modelo de mercado laboral austriaco, como espejo de nuestros deseos para acometer una más que obligada reforma laboral ‘a la española’. Ya sabe, la que llega tarde, se hará rápido y, posiblemente, acabe mal.

Pero no nos confundamos. Nada o poco tienen que ver los grandes economistas austriacos del siglo pasado con el modelo laboral de este país, puesto en marcha hace menos de diez años, y cuyos frutos no son del todo evidentes. Lo diré de otra forma, si para usted el modelo austriaco es el modelo y soy yo quien no alcanza a verlo nítidamente, mucho me temo que lo imposible será importar sus mágicos logros a nuestro país.

A grandes rasgos. El sistema de protección laboral austriaco propone ir creando, en épocas de normalidad, un fondo que se nutra con aportaciones periódicas empresariales, para utilizarlo en el caso de que la empresa necesitara prescindir de sus trabajadores, de manera que las indemnizaciones por despido que le correspondiera asumir, se satisficieran con cargo al fondo. En definitiva, lo que se quiere es ir devengando poco a poco el coste laboral de las indemnizaciones futuras. En Austria supone el 1,53% del salario bruto del trabajador.

A mí esto me suena huida hacia delante. Me suena a no querer acometer la reforma verdadera. La que debe recortar seriamente las indemnizaciones por despido. Recortar, abaratar o redefinirlas con el eufemismo que más le guste. ¿Sabe por qué? Pues porque suponen un coste laboral para el empresario imposible de sostener. Y ya sabe adónde iremos a parar sin proyectos empresariales. Sólo por esta razón de peso bastaría. Por la misma razón que el Gobierno ha eliminado el cheque bebé. O por la misma razón que se han bajado los sueldos de los funcionarios. Porque no se pueden pagar.

Pero es que además el trabajador ve en la indemnización por despido un derecho adquirido, un consuelo de listos, un seguro que le reportará una importante cantidad de dinero si las cosas van mal, lo cual se convierte precisamente en un incentivo para no querer cambiar de trabajo. Es decir, provoca rigidez, lo contrario de lo que se persigue, que es un mercado ágil, la llave maestra para que se creen empleos.

A usted le habrán dolido estas afirmaciones, seguramente porque se ha visto retratado en ellas, pero sólo trato de explicar que la indemnización por despido no es, o no debería ser, algo parecido a un fondo de pensiones de empleo o a un premio al que más aguante encima de la cuerda floja, sino simplemente una ayuda económica transitoria en caso de despido, un simple puente incentivador hasta que se encuentre un nuevo trabajo.

El sálvese quien pueda no funciona cuando el avión está a punto de estrellarse, y menos aún, hacer oídos sordos a las penas.

viernes, 4 de junio de 2010

Tormenta fiscal

La culpa no es sólo mía. La culpa también es de Internet, un artefacto aparentemente inocuo que desenfundas sólo para entretenerte y, surfeando por la red, te enteras que el futbolista costamarfileño Drogba se pierde la cita mundialista por una inoportuna lesión. Te quedas abatido. Como si te fuera algo personal en ello. Piensas que la vida es injusta otra vez. Por un momento vuelves a poner al mundo en duda, hasta que, sin saber cómo, acabas en la web de la 'Fundación Ideas para el Progreso', del ex Ministro Caldera, y entonces tienes la certera que lo peor está por llegar.

Este think tank, depósito de ideas de los sabios socialistas, cree tener la solución para evitar la malvada especulación financiera que nos acecha. Y para ello ha creado tres nuevos impuestos. Sólo tres. A mí me ha recordado aquello que decía burlonamente Ronald Reegan sobre cómo solucionan las izquierdas sus problemas económicos: ‘Si se mueve, le ponen un impuesto. Si se sigue moviendo, le suben el impuesto. Y si se deja de mover, le dan una subvención’. El resultado, máquinas de crear pobres.

Vamos con la tormenta de impuestos. Su primera idea grava, con uve, las transacciones financieras internacionales; por ejemplo, en las que incurren los especuladores inmigrantes del andamio que además de tener trabajo, mandan dinero a sus familias. Por aguantar estoicamente sin caer a la tentación del desempleo al sol, pagarán una tasa por evadir capitales. La segunda grava a los bancos, por ser bancos, y la tercera, las plusvalías financieras a corto plazo, por no ganar el dinero a largo plazo, como el común de los vulgares.

Lo más novedoso de estas propuestas es que son más viejas que la orilla del mar. La literatura liberal que las critica surca los mares de este a oeste del planeta, fundamentalmente porque perjudica a todos, pero sobremanera a los países pobres que intentan progresar a través del comercio internacional.

La única improvisación digna de mención con las que se presentan ahora estas lumbreras es que su hipotética puesta en marcha se mide únicamente en función del volumen que se podría recaudar, sin más. Lo que no se dice en este estudio es a qué fines se piensa dedicar ese nuevo dinero; es decir, si se piensa seguir engordando el becerro del estado del bienestar, si se piensa combatir la injusticia en el mundo, o sencillamente, si se piensa malgastar de una manera más vigorosa.

Nada comentan de una necesaria y utópica acción mundial coordinada para que su puesta en marcha tuviera algún efecto real. De nada serviría poner cerco en la zona euro, por ejemplo, si lo rodeamos por EEUU o por Asia.

Tampoco comentan nada sobre las dificultades técnicas para su recaudación, para su gestión y para el reparto de su producto, ni comentario alguno sobre la máquina burocrática que vendría pisándole los talones.

Todo esto huele a confiscación arbitraria. Les daré un consejo, 'abajo esa moral y no perdamos la desesperanza'. Todo llegará.

miércoles, 2 de junio de 2010

A por las SICAVs

Desde que los gobiernos bienhechores se subieron a los carromatos en busca de los dineros de los ricos, no hay tertulia que se precie que no saque a colación a las dichosas SICAVs.

Y no es que yo quiera ir a la contra de todos todo el día. Y muchos menos convencerle a usted de nada. Lo que pasa es que no me gusta entonar el himno de los vencidos a cada momento, y mucho menos en honor de los pobres, que bastante tienen con lo suyo, como para aguantar más adhesiones morales vanas.

Al grano. No hay duda que las SICAVs, como sociedades de inversión, son el vehículo preferentemente utilizado por la gente de dinero para intentar hacer más dinero a través de una estrategia de inversión adecuada.

Y también es cierto que si no todos tenemos acceso a este instrumento para invertir, no es por imperativo legal, sino por una razón de cantidad, porque se necesitan, al menos, 400 millones de las antiguas pesetas para poder constituir una. Y el estado del bienestar es tan rácano que aún no nos ha podido asignar por ley una de ellas a cada español. Todo se andará.

Pero éste, creo yo, no será el motivo para quererlas meter mano, aunque se nos note en la cara la envidia insana que nos dan. Parece que el asunto de la discordia tiene que ver con los beneficios fiscales de los que disfruta. Es decir, entiendo que lo que molesta no es que se tengan 2,4 millones de euros de sobra y listos para invertir, sino que los rendimientos positivos que éstos generen no pasen por la taquilla de Hacienda en las mismas condiciones que los que generen las inversiones que pueda realizar usted a través de otros vehículos de inversión.

Verdad a medias. ¿Le suenan los Fondos de Inversión? Pues le diré que las SICAVs y los Fondos de Inversión son, a efectos fiscales, instrumentos de inversión ‘primos hermanos’. Y, aunque con alguna diferencia, disfrutan de la misma fiscalidad mientras el inversor permanece en ellas; Es decir, los rendimientos que obtenga cualquier Fondo de Inversión al que usted tiene acceso, y para cualquier cantidad, tributan en el impuesto de sociedades al tipo del 1%, y no al 30%. Como las malignas SICAVs.

Afinemos un poco más. La supuesta ventaja fiscal de la que tanto se habla, y que ya hemos quedado que la comparten las SICAVs y los Fondos de Inversión, ni siquiera es, en contra del sentir general, una exención impositiva, sino un diferimiento en su pago. Es decir, en cuanto el accionista (SICAV) o el partícipe (Fondo de Inversión) deshacen su inversión, es decir, cuando venden, ambos han de tributar por las plusvalías latentes acumuladas, y lo harán en las mismas condiciones que las del resto de inversiones realizadas por cualquier mortal sujeto pasivo.

En definitiva, parece claro que la única falta cometida por los accionistas de las SICAVs es tener más patrimonio que el prójimo. Nada nuevo. Otra ración de retórica vacía. ¿Y nosotros? Por la reincidencia en nuestra envidia, con 10 padresnuestros y 50 euros al cepillo en la misa del domingo, quedaremos perdonados.

sábado, 29 de mayo de 2010

Pacto de Estado

Por fin un gran acuerdo de Estado para España. ¡Y data de julio de 2006!, pero algunos nos enteramos ahora. Se trata del ‘Reglamento de Pensiones a favor de ex parlamentarios’.

La noticia buena es que todas las fuerzas políticas estuvieron de acuerdo en aprobarlo. Con votos a favor de diputados y senadores. La noticia mala es que lo conseguido no forma parte del interés común.

Conocemos los detalles del Reglamento porque el sindicato Manos Limpias ha interpuesto recurso contencioso administrativo en su contra ante el Tribunal Supremo. Ahora es turno del ‘caballo del malo’, que dará o quitará razones.

Conocido de sobra por todos es que nuestro sistema de pensiones actual da derecho, en su versión contributiva, al cobro de la pensión máxima de jubilación una vez cotizados 35 años, en función de la base de cotización de los últimos 15 años de vida laboral. Eso es así para todos los españoles iguales ante la ley. En este caso, la Ley de Seguridad Social.

No hace falta explicar porqué este criterio no se aplica para el caso de senadores y diputados, casta parasitaria que se agarra con fuerza al pilón. Simplemente porque así lo establece el Reglamento en cuestión, que se encarga de discriminar a su favor; buscando el bien de todos a través del bien de algunos, supongo.

Así, a los españoles que se esconden detrás de los leones de la Carrera de San Jerónimo o en el Palacio del Senado, les bastan 7 años de ausencias a plenos y demás debates sin importancia para tener derecho, una vez se conviertan en ex parlamentarios, a la misma pensión máxima que a sus desiguales electores les cuesta 35 años de trabajo.

Para que la fiesta sea completa, nuestros representantes tampoco tienen obligación de abonar, mientras dure su condición de ‘activos bicamerales’, las cotizaciones a la seguridad social; ni las del empleador, Las Cortes, ni las del ‘trabajador’, el político, ambas a cargo de los presupuestos públicos.

La Sentencia del Supremo nos sacará de dudas en cuanto a si el Reglamento de ex parlamentarios vulnera o no el entramado de disposiciones legales y administrativas que le sean aplicables, pero lo que no parece racional es que sean las Mesas del Congreso y del Senado los órganos competentes para regular el sistema de pensiones de sus ‘trabajadores’. En el caso que se les pueda denominar así, claro.

Y no es que no me fíe del Supremo, sino que la ventaja del teatro es que te dicen de antemano que todo es mentira. Siendo prácticos, cuando en un futuro alguien acabe con nuestro sistema piramidal de reparto de las pensiones entre jóvenes y viejos, y lo transforme en un sistema justo que capitalice esfuerzos, mi blog ya no será de este mundo.

Pero cuando alguien intente estirar el chicle del sistema fraudulento actual haciéndonos trabajar más años, aumentando las cotizaciones y recortando las prestaciones, desgraciadamente yo estaré de nuevo en el sitio equivocado en el peor momento posible.

lunes, 24 de mayo de 2010

Especuladores

¿Alguien puede explicarme en qué piensa cuando escucha la palabra ‘especulador’? Y eso o esos en lo que ha pensado, ¿son buenos o malos? Yo estoy dispuesto a jugar a este juego de las etiquetas, pero primero me gustaría comentar algunas cosas.

Para empezar, lo que intentaré explicar nada tiene que ver con estafas, timos, manejo de información privilegiada, ni cualquier otra figura delictiva con la que usted asocie el verbo especular. Las mencionadas constituyen delitos tipificados en nuestro ordenamiento jurídico y, llegado el caso, a los juristas me remito.

Especular no es más que comerciar -dentro del ámbito mercantil o financiero- con ‘algo’ para obtener un lucro, es decir, un beneficio económico. Y ese ‘algo’, objeto del comercio, pueden ser mercancías, acciones, inmuebles, sellos, alimentos, juguetes, medicamentos, etc.

Lógicamente, para conseguir el beneficio económico que se pretende, es preciso aprovechar las fluctuaciones en los precios de esos ‘algos’. Ya sabe, comprando barato y vendiendo más caro. No lo intente hacer al revés, que conseguirá evitar que le llamen especulador a costa de que le cuelguen otras etiquetas más castas pero más dolorosas.

Si algo de lo que he dicho hasta ahora le ha ofendido porque piensa que le acabo de etiquetar como vil especulador, cierre este bienintencionado blog y vaya a purificarse verificando la casilla de su declaración de la renta que recoge sus aportaciones a onegés. Sin ánimo de lucro, claro.

Los que sigan leyendo estarán de acuerdo en que, en sentido amplio, cualquier inversión o proyecto mercantil que intentemos, es especulativo por naturaleza.

En definitiva, especulando únicamente tratamos de anticiparnos a nuestros semejantes, aprovechando nuestra formación. Nuestro ingenio. Nuestra visión. Nuestro criterio. Nuestro perfil de riesgo. El resultado ya lo conocen. El despiadado mercado castiga con pérdidas a los malos y premia con beneficios a los buenos. Esas son las reglas del juego.

Ya sé que aún no le he convencido de nada. Usted seguirá pensando en los especuladores malos. En los muy malvados. Los más malignos de cuantos especuladores existen. Los que desploman los precios. Los llamados ‘bajistas’, aquellos que intentan vender y hacen que se desplomen los precios de los activos de la gente honrada como usted.

Pues bien, para que exista un bajista estaremos de acuerdo que es necesario que exista un alcista. Un espejo. Es decir, nadie vende nada si no hay otro que lo compra. Y nadie podría especular con que el precio de un bien vaya a bajar, y por eso lo vende, si no hay otro interviniente que piensa todo lo contrario, que va a subir, y por eso lo compra.

Es más. Le daré una noticia. Quien hace bajar el precio al que se vende un bien, es el comprador alcista, que quiere pagar cuanto menos, mejor. Para venderlo posteriormente más caro, recuerde.

¿No les suena este razonamiento a lo que ocurre actualmente con nuestro mercado de viviendas? ¿A qué usted prefiere esperar a comprar porque ‘especula’ con que estará más barato más adelante? ¿Y eso no hace que caiga aún más el precio de la vivienda?

Créame, tan especulador es un comprador como un vendedor. Y, afortunadamente, el mercado castiga tan duramente a unos como a otros, pero a los ojos del bien o del mal, sus almas son del mismo color.

sábado, 22 de mayo de 2010

Susto o muerte

Si consigues acabar de leer este artículo seguramente te irás a la cama sin cenar. O lo mismo te atizas un whisky triple con un par de peces de hielo. Y es que la cosa está como para no saber qué camino tomar.

La semana pasada la marca España pasó por serias dificultades. Muy serias. Tanto que los más románticos empezaron a pensar en volver a pagar las copas en pesetas. ¡Pero si antes con dos lagartos yo me tomaba cinco rondas y ahora casi no me da para dos!

Lo bueno de esta situación es que algunos se acaban de enterar que son ricos. Nuevos ricos. Lo malo es que están mal vistos. Y por eso les han puesto en busca y captura. ¡Y yo que pensaba que anhelar la riqueza era una aspiración tan legítima que sólo dejaba un reguero de prosperidad en el camino!

Me temo que nos espera un mal final con estos nuevos principios. Además, ahora es difícil que uno cambie el chip, porque aspirar a estas alturas a ser pobre vocacional tampoco será una tarea nada fácil.

A salvo quedan los ricos de cuna, que ya están acostumbrados a que les obliguen a ser solidarios. No les pasa lo mismo a los pensionistas y a los funcionarios, que les han pasado la factura de la crisis de la que hablaba el telediario durante estos años mientras ellos pensaban que esta juerga no iba con ellos. Y eso que hasta el más desinformado de los españoles estará de acuerdo en que el lío que tenemos encima no se ha producido en las últimas tres semanas.

Quizá alguno se pregunte ahora por qué se crearon en los últimos dos años más de 200.000 nuevos funcionarios mientras se destruían más de dos millones de puestos de trabajo en el sector privado. Y por qué se utilizaron el cheque bebé y los 400 euros con fines electorales. Y por qué se hicieron hoyos en las aceras de los pueblos para luego taparlos con el PlanE.

¿Y algo que decir sobre las medidas de recorte del gasto público aprobadas a base de martillazo-ley? Pues que el show acaba de empezar. Que no dan ni para pipas. Que van en la línea adecuada, sí, en atacar el gasto, pero que son de brocha gorda. Coyunturales. Recortan, pero no reforman. Y habrá que sacar la tijera de podar del trastero. Y quizá cambiar al jardinero para que sean realmente creíbles.

Y algo más. Que el problema de los funcionarios no es su salario, sino el modelo. También deberíamos preguntarnos por qué ‘todo el mundo’ está muy contento de que se rebaje el sueldo a los funcionarios y ese mismo ‘todo el mundo’ está deseando convertirse a la religión laica del funcionariado.

Y que el problema de los pensionistas no es el importe de sus pensiones, sino el monstruoso globo hinchado que habrá que pinchar cuanto antes.

Sin embargo ahora se piensa continuar con la improvisación por el lado de los ingresos, con una subida mal anunciada de impuestos. Craso error. Populismo social. Progresismo improductivo. Y que tiemblen las nóminas de los nuevos ricos, porque el problema de perseguir a los ricos de cuna es que hay que encontrarlos y convencerles que nuestra España no es lo que parece.

Mientras tanto, que nos la vayan peinando, porque ahora nos damos cuenta que mientras nos dedicábamos a debatir sobre la nación y los crucifijos, nuestra única patria creíble se nos iba por el agujero del bolsillo.